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MIAMI.-Después de una secuencia de revelaciones sobre el comportamiento abusivo del candidato republicano Donald Trump hacia las mujeres, plasmadas en videos y testimonios de las supuestas víctimas, el magnate ha decidido jugarse el todo por el todo e ir al ataque, sin importar a quién se lleve por delante.
El establecimiento bipartidista y lo que él considera como la confabulación de los medios que estarían al servicio de Hillary Clinton, se han convertido en sus enemigos. De candidato republicano sólo le queda el nombre. En un discurso incendiario en Palm Beach, Florida, calificó de montajes y grotescas mentiras los testimonios de mujeres que hablaron con el New York Times y la revista People, y contaron sus experiencias de ser atacadas sexualmente por el magnate inmobiliario. Pero dio un paso más adelante: el escándalo es orquestado por una élite económica y política que lo está desprestigiando porque se ve amenazada por este caudillo que representa los intereses de la clase obrera blanca esquilmada, explotada y burlada por esos políticos demócratas y republicanos.
Bajo su perspectiva, la ex secretaria de Estado representa esos intereses de Washington que buscan seguir “vendiendo” el país a los acuerdos internacionales de comercio que favorecen grandes intereses financieros, pero han acabado con la manufactura y con las fuentes de trabajo de un sector agobiado por el desempleo, la pobreza y, desde hace un tiempo, por la epidemia de la heroína. El gesto de Trump es desesperado: se hunde en las encuestas y culpa de ello a los corrosivos informes en su contra por parte de los medios más poderosos del país, a un sistema que califica de corrupto y en él incluye a las empresas encuestadoras, que siempre descalifica cuando los resultados de los sondeos no lo favorecen.
Olvida, acaso de manera deliberada, que han sido sólo sus palabras y gestos, sus imprudencias e insensibilidades, reproducidos sin cesar por la prensa, los que han causado la debacle presente. El mejor y más eficaz enemigo de Trump es él mismo.
La avalancha de denuncias de mujeres víctimas de los avances sexuales se dan a menos de tres semanas de la elección. Los voceros de Trump consideran que la intención es terminar de descarrillar su candidatura. Pero quienes en apariencia sufrieron los abusos sexuales del ex presentador de “reality shows”coinciden en afirmar que decidieron hablar cuando en el último debate presidencial el candidato republicano negó que tratara de besar o tocar a las mujeres sin el consentimiento de ellas. Cuarenta y ocho horas antes de ese encuentro, había salido a la luz pública un video, de hace once años, en el que Trump conversaba con un presentador (Billy Bush) de manera desprevenida, sin darse cuenta de que los micrófonos estaban abiertos, sobre como basta ser famoso para abordar a las mujeres, besarlas y tocarles sus partes íntimas. Y cómo fracasó en su intento de seducir a una mujer casada. (En ese momento él ya vivía con su esposa Melania)
A pesar de todo aún es posible que este personaje, que ha generado un cisma en el interior del partido republicano, pueda quedarse con el premio mayor. Pero las posibilidades son cada vez más lejanas, porque quiere parapetarse en su base que lo sigue a ciegas y hace caso omiso de cualquier información que perjudique a su caudillo. Pero, al mismo tiempo, ese discurso disparatado, mezcla de populismo nacionalista, teorías conspirativas y racismo puro, lo ha privado del apoyo de sectores más amplios de la población (minorías, mujeres y hombres con educación universitaria) sin los cuales es casi imposible ganar una elección presidencial.
El daño, sin embargo, ya está hecho. Hay varios temores. Primero, la inédita interferencia de los rusos en el proceso electoral gringo, a través de la piratería cibernética a los correos electrónicos de altos funcionarios de la campaña de Clinton, ordenados y distribuidos por WikiLeaks. También la inteligencia estadounidense plantea que Vladimir Putin estaría detrás del posible sabotaje a los sistemas de votación para alterar los resultados, a favor de Trump. Y el caudillo republicano ha mostrado, en repetidas ocasiones, sus simpatías por el déspota ruso. Un regreso, sin escalas, a lo más fino de la guerra fría.
Segundo, el multimillonario ha sugerido que si pierde será porque hubo fraude electoral. Y hay una gran posibilidad de que, contrariando la tradición republicana de aceptar sin remilgos la derrota, desconozca los resultados y ponga en tela de juicio la legitimidad de las elecciones. En el mismo acto político en Palm Beach, el candidato, ya sin las amarras de la dirigencia republicana que trató de controlarlo, dijo que el movimiento que él ha creado, en diecisiete meses frenéticos, no tenía precedentes en la historia política de Estados Unidos. A parte del tono de megalómano sin remedio de su afirmación, no le falta razón: nunca la patria del Tío Sam había estado tan cerca, como ahora, de elegir a un candidato fascista, que se alimenta de la rabia y el miedo de un sector social que busca incendiar la pradera con su adorado pirómano.