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¿Qué hay de nuevo en macondo veinte años después del asesinato de Carlos Pizarro?
Los más entusiasmados con la ola verde dirán que el vertiginoso ascenso de Antanas Mockus se debe a que su talante sintetiza, de manera esperanzadora, la historia de dos décadas tumultuosas, en las que no fue posible concretar hechos ciertos de paz y, por el contrario, se fortalecieron y ampliaron los factores que alimentan la máquina de la guerra.
El crecimiento electoral de Antanas se podría interpretar, entonces, como un paso positivo en la dolorosa construcción de alternativas distintas para alcanzar el sueño de un país en paz. Y como el resultado de un largo proceso de decantación, mezcla de bala y madurez política, frustración y rabia, que encuentra en el exalcalde de Bogotá una propuesta realista de cambiar el rumbo de Colombia.
Sin embargo, creo que después del aniquilamiento de la UP, de la muerte de Luis Carlos Galán y de Bernardo Jaramillo, de esa secuencia interminable de masacres, lo más justo sería que un sobreviviente como Gustavo Petro, que tuvo el valor civil de dejar las armas y que en todos estos años ha demostrado su respeto por los valores democráticos, estuviera encabezando la voluntad de voto, en la presente contienda electoral. Pero está en los últimos lugares, a pesar de demostrar, como lo ha hecho en los debates televisivos, que no dice lugares comunes y que estaría a leguas de distancia del caudillismo chavista.
Hay quienes dicen que Petro no será presidente mientras sigan vivas las Farc y el Eln. ¿Eso qué significa? ¿Que el sistema sólo aceptará a la izquierda cuando no exista el coco de la guerrilla? ¿Que la presencia misma de la subversión, con sus actos de violencia, derechiza al país y, por lo tanto, macartiza partidos como el Polo Democrático? ¿O que mientras existan los ejércitos de Cano y Gabino, lo que se buscará, por todos los medios, será aislar a la izquierda, reducirle su margen de maniobra, a las buenas o a las malas?
Creo en la última opción. Después de los más de dos millones de votos obtenidos por el Polo en 2006, ha habido una combinación de formas de lucha por parte del establecimiento para acabarlo. A esto se añade, por supuesto, las propias divisiones, debilidades y errores de las huestes amarillas.
Cuatros lustros después de un crimen aún en la impunidad, las líneas gruesas de la realidad colombiana siguen ahí, sin mucha variación no obstante la euforia del uribismo: continúa el fenómeno paramilitar, con sus mismos móviles de siempre; la guerrilla, a pesar de los golpes recibidos, sigue operando en todo el país y se ha adaptado a las nuevas circunstancias creadas por la gran presión militar de los dos últimos cuatrienios.
El índice de desempleo es uno de los más altos de América Latina, lo mismo que el nivel de informalidad de la clase trabajadora. La corrupción ha manchado de pies a cabeza un gobierno cercado por graves denuncias. En aras de pulverizar al terrorismo, nuestras relaciones internacionales están resquebrajadas.
Que Mockus vaya en la delantera es la gran paradoja: la supuesta popularidad de un presidente, montado sobre el caballo brioso de la bala y la mano dura, no se traduce en un apoyo cerrado a su “obra de gobierno”. Surge, de las profundidades de tanta decepción, un anhelo de mayor democracia y transparencia. De pronto, esta es la antesala de un verdadero cambio, ese que buscó Pizarro hasta el último día de su vida. Y vendrá el momento en que aceptemos, de verdad, que tipos como Petro, y otros de su misma cuerda, pueden llegar al poder sin mayores traumatismos.