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En cuestión de tres años, tres hechos insólitos, impensables, marcaron el futuro de Colombia: el asesinato del Ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, solitario luchador contra el narcotráfico, en 1984; la toma guerrillera del Palacio de Justicia, en plena plaza de Bolívar, en el centro del poder político nacional, en 1985; y el sacrificio de Guillermo Cano, director de uno de los pilares del periodismo escrito en Colombia, en 1986.
A sangre y fuego se abría una época de terror y de crimen, que no se pudo, o no se quiso, parar a tiempo. De ahí en adelante, el valor de la vida, que ya había sido pisoteado una y otra vez por anteriores olas de violencia, perdió por completo su esencia, y no importó en lo más mínimo, porque para eso estaba el manto siniestro de la impunidad, asesinar candidatos presidenciales, senadores, representantes, diputados y concejales, jueces de la República, líderes de distintos sectores sociales, comunidades enteras.
Que la propia dinámica de las distintas guerras, que nos crucificaban desde hacía décadas, hubiera llegado al punto de buscar la destrucción de un diario de las características de El Espectador, habla de manera clara, también, de lo que ha sido nuestra retorcida democracia, que no pudo contener, ni manejar, ni prevenir, el ascenso vertiginoso y asesino de la mafia, y tampoco permitió, por esa misma incapacidad o limitación, la existencia libre de una persona como Guillermo Cano. Él era un liberal a secas, creía en la economía de mercado, en la competencia leal, en las libertades públicas, en una democracia civil, sin veleidades militaristas, en un ejercicio transparente de la política, en el que no ganaran los pillos, o los hampones, sino los más honestos, los más preparados. Amaba la paz, creía en las instituciones, tanto que nunca pensó que, en su defensa, fuera víctima de los sicarios.
Ese conjunto de creencias no podían ser motivo de una sentencia de muerte, o de destrucción económica, en una democracia de verdad, justa, equilibrada. Pero la nuestra, a mediados de los años ochenta, ya estaba a punto de incendiarse, y el golpe mortal fueron esos tres hechos mencionados al inicio de este artículo. Por supuesto: hubo procesos de paz con el M-19, nueva Constitución, desmantelamiento de los carteles de la droga, pero los grandes mojones de nuestra tragedia, a los que Guillermo Cano se refirió una y otra vez en sus artículos y editoriales, siguen ahí: la guerra enconada, la profunda falta de oportunidades, la impunidad, el militarismo, el narcotráfico, la corrupción, las persistentes limitaciones a las libertades ciudadanas. Desapariciones. Secuestros. Crímenes selectivos.
La tenaza económica decretada contra El Espectador por el entonces grupo Grancolombiano -el más poderoso de finales de los setenta y principios de los ochenta- que lo dejó muy mal parado en términos financieros; el asesinato de su director y la orden de destruir sus instalaciones, hasta que no quedara piedra sobre piedra, no son hechos del pasado producidos por una sociedad que logró superar sus propias miserias.
Lo más duro de entender, fuera de la desaparición de una persona como Guillermo Cano, a la que le tuvimos enorme afecto, es que después de 25 años, de tanta sangre derramada, de tanto dolor, aún no hayamos rectificado de manera sustancial nuestro rumbo. Seguimos en las mismas. ¿Podremos algún 17 de diciembre, no sólo honrar su memoria, sino registrar que fue posible la construcción de un país distinto, donde eso en lo que creyó Guillermo Cano tenga por fin un espacio real?