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La niña sostiene una gallina con las dos manos, llega corriendo hasta el puesto de la tendera judía y hace la pregunta de las otras veces: “¿Cuántas palabras me enseñas por esta gallina?”. Bronislawa Wajs, conocida por todos como Papusza –que significa muñeca en la lengua romaní–, aprendió a leer y a escribir a escondidas, usando la vieja estrategia del trueque.
Y soportó las palizas que le daban por llevar sus aspiraciones demasiado lejos. También soportó que la casaran a los 16 años con un hombre 24 años mayor. Ese hombre se la llevó en un carruaje, vestida de blanco, con un velo de tul y un collar de tres vueltas. Una novia polaca. Una niña que se despide de su madre llorando. Había algo peligroso en la mirada de Papusza, algo que los gitanos del campamento advirtieron como el presagio de una maldición.
En el alfabeto de Papusza, la palabra bosque tenía un significado concreto. El bosque era su padre, el lugar que inspiraba las palabras que juntaba y que decía en voz alta cuando nadie la veía. El bosque despertaba su impulso creador y su deseo de que el misterio y la belleza de las cosas perduraran. Pero la palabra, en su forma más bella, era un arte dominado por los bardos. No había nada escrito. La poesía era el regalo intangible de una sola noche.
En 1949, tras una temporada en la cárcel por su participación en la resistencia polaca, el joven poeta Jerzy Ficowski encontró refugio en el campamento de Papusza. Al descubrir su talento para la composición poética, insistió en que debía escribir.
Papusza escribía con la musicalidad característica de su lengua. No empleaba rimas ni pausas claras. En algunas ocasiones, un paréntesis le indica al lector que ha llegado al final de una frase. Sus versos en romaní hablan de los pájaros nocturnos, de danzas y cantos, de muchachas que se adornan con las hojas caídas de los árboles, de hogueras, manantiales y flores, del bosque: su padre omnipresente, y de lo que el Holocausto hizo con su pueblo.
Cuando Ficowski le mostró esos manuscritos a Julian Tuwim, un reconocido poeta polaco, el nombre de Papusza empezó a resonar en las publicaciones literarias de la época. Los ancianos de su clan fueron implacables. La acusaron de traidora. La expulsaron del campamento por revelar los secretos de su pueblo y por transgredir las reglas del tabor haciendo uso de la palabra como ninguna mujer lo había hecho antes.
Algunos gitanos la miraban con desprecio y escupían al verla pasar. Solo su esposo anciano y su hermana permanecieron junto a ella. Papusza empezó a perder la claridad de su pensamiento. Alejada de su gente y del bosque, ¿en quién iba a convertirse? ¿En qué lugar de la Tierra encontraría otra cosa que no fuera desolación? Los maltratos de su padrastro y de su propia madre, el matrimonio por la fuerza, los horrores del Holocausto, la imposibilidad de tener un hijo y, ahora, el castigo impuesto por escribir un puñado de poemas.
“Yo, pobre gitana, / no tengo suerte, no tengo nada. / Solo una vida miserable, / pues sé leer a duras penas / y mi escritura no es bella. / Oh, cuando era niña / tenía un deseo y mucho coraje, / ¡oh, cómo quería aprender / a escribir y a leer! (…) Pero yo escribo como puedo, / aunque a veces caen mis lágrimas / algo legaré a los que vengan, / y me conocerá el mundo, recordará / que hubo una vez una mujer gitana / desdichada y mísera, / que solo quería leer, escribir / y entonar las canciones de su clan: Un caballo gitano preparado aguarda, / ante nosotros, horizontes lejanos…”.