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Creo que acabo de verlo caminando por la avenida con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Trato de serenar mi estado de conmoción convenciéndome de que no puede ser él. ¿A qué vendría por aquí? Quizá porque es justo ese tipo de persona: alguien que camina una mañana cualquiera por una ciudad cualquiera buscando lo que no se le ha perdido. ¿Que cómo lo sé? Lo cierto es que no lo sé. Sencillamente lo intuyo. Voy a disminuir la marcha para poder observarlo con mayor atención.
Debería decirle algo. ¿Algo como qué? “Disculpe, ¿usted es Hirokazu Kore-eda?”. Eso sería ir directa a la resolución de mi inquietud. Falta la cortesía. La cortesía es esencial para los japoneses. Tendría que añadir un “buenos días” o, mejor aún, “muy buenos días”. ¿Y si es un comerciante chino? Muchos tienen negocios en esta zona, pero esa manera relajada de vagar no parece la de un comerciante. Esperaré un poco. Llegaremos a la altura del cine y obtendré la señal definitiva: si es él, se detendrá a mirar los carteles.
En una escena de Nuestra hermana pequeña —una de las películas dirigidas por el señor Kore-eda—, dos adolescentes que pasean en bicicleta pasan debajo de un arco de cerezos en flor. Al acercarse a una cuesta, ella le pregunta a él: “¿Quieres que me baje?”. El chico dice que no es necesario. Avanzan como si un gigante soplara para impulsarlos a subir la pendiente. Ella, que había estado hablando con su amigo de una ausencia dolorosa, suspende las piernas en el aire, mira al cielo y cierra los ojos sin percatarse de que una flor de cerezo cae suavemente sobre su pelo.
La levedad tiene una intermitencia firme en varias películas del señor Kore-eda. Si no me falla la intuición y es el hombre que estoy siguiendo, me gustaría preguntarle si en sus historias la levedad es una manifestación de resistencia contra el peso que conlleva vivir. Hablar con él sobre cómo consigue transmitir esa necesidad de sustentarnos en lo frágil para alcanzar pequeñas cuotas de salvación.
Poco antes de morir, Italo Calvino escribió que su trabajo se centraba en la búsqueda de la levedad, en quitarles peso a los cuerpos celestes y humanos, a los lugares y al lenguaje. Quería despojar su escritura de esa opaca pesadez que a nadie le resulta indiferente, porque nos acecha por todos lados desde el principio de los tiempos, como el dolor, que es parte ineludible de la vida y, hasta cierto punto, necesario. Calvino hablaba del nexo entre la levitación deseada y la privación padecida: “(…) En las aldeas donde la mujer soportaba el peso mayor de una vida de constricciones, las brujas volaban de noche en el palo de la escoba o en vehículos más livianos, como espigas o briznas de paja”.
¿Quién no ha tenido ganas de volar cuando siente que de su corazón cuelga una piedra? La levedad compensa los aspectos de la vida que la convierten en un lastre. Así lo interpreto en las películas del señor Kore-eda. Ante el dolor provocado por la enfermedad, las pérdidas o las injusticias, la levedad se ofrece en los rituales, la belleza y los delicados gestos del cortejo amistoso. Es el punto de equilibrio que sostiene a los afligidos con sus hilos de diligente araña.
Me distraigo un momento en el lago del parque. Estoy mirando cómo los niños seducen a los patos con migas de pan. Hoy están casi todos fuera del agua, contoneándose sobre la acera o tumbados en los pozos de luz proyectados por el sol. Creo que la levedad es una cualidad intrínseca del sol. Su presencia absoluta nos sustrae de la oscuridad para recordarnos que la vida merece ser amada aunque a veces carezca de sentido.
Cuando regresé a mi misión persecutoria en la avenida, no había rastro del señor Kore-eda. Me pregunto qué estará haciendo por aquí. ¿A dónde habrá ido?