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Se habla sobre las malas brisas que se respiran en las ciudades colombianas. Cada tanto se recuerda el informe Estado de la calidad del aire en Colombia, presentado por el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) el pasado mes de julio, que nombró a las ciudades Medellín y Bogotá como las acumuladoras de mayores concentraciones de contaminantes en el aire. Este informe explicó cómo algunas de las estaciones de monitoreo que reportan el peor índice de calidad del aire son las Éxito San Antonio y Tráfico Sur en el centro y la zona industrial de Medellín, respectivamente, y la Carvajal-Sevillana, que evalúa corrientes de aire de Puente Aranda, Kennedy y Cazucá en Bogotá. De cerca las siguen estaciones de monitoreo en Yumbo y Santa Marta.

En estas cuatro ciudades, los medidores alertan sobre la presencia de una alta mezcla de partículas líquidas y sólidas, de sustancias orgánicas e inorgánicas, en el aire. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, los contaminantes atmosféricos más nocivos son aquellas partículas de un diámetro de 10 micras o menos, “que pueden penetrar profundamente en los pulmones”. La mayoría de estos contaminantes, presentes alrededor nuestro, son fruto de la quema de petróleo, de carbón, de gas natural o propano. De acuerdo con autoridades de medio ambiente, el problema en el aire se debe a la combustión de carros, de buses y colectivos por las calles y carreras de las ciudades colombianas.

Hasta aquí, solo lo reportado en redes conectadas a índices y sistemas de monitoreo a nivel mundial. Otras, más grises, son las historias de ciudades como Barrancabermeja, en donde desde hace cuatro años no funciona la Red de Monitoreo de Calidad del Aire. En abril, una crisis puso en evidencia la situación absurda de la atmósfera del puerto sobre el río Magdalena. Una sustancia conocida popularmente como catalizador, que se evaporó por accidente desde una planta de refinación del crudo y llovió a la madrugada sobre el casco urbano, asustó a los habitantes, que al respirar un aire apretado sintieron la inminente contaminación. Ecopetrol, que es juez y parte en todos los asuntos ambientales de Barranca, aseguró que la sustancia “no es cancerígena”. Frente al episodio, la Secretaría local de Medio ambiente recordó que los equipos de monitoreo están dañados, pero no pudo precisar cuándo se pondrán en funcionamiento. Esto pese a que desde 2017 la Corporación Autónoma de Santander aprobó $200 millones para su reparación.

A vuelo de pájaro podría pensarse que es un problema solo urbano. Que exhostos de carros y chimeneas de industrias contaminan la respiración de colombianos de ciudad. La ilusión se desvanece al observar regiones rurales del Cauca que también respiran mal. Como resultado del conflicto armado y los negocios, hoy las tierras más fértiles del departamento están plantadas con caña de azúcar. El predominio de estas grandes plantaciones, cuya propiedad está concentrada en algunas familias, representó el fin de la agricultura de subsistencia tradicional. A lo largo de este proceso de despojo, el aire y el agua se vieron afectados irreversiblemente. El monocultivo continuo requiere más pesticidas, pues los cultivos uniformes, donde la misma especie se cultiva año tras año, son más susceptibles a las plagas. Los pesticidas van a los ríos y se evaporan en la atmósfera. Además, antes de cortar la caña, los trabajadores a veces queman grandes extensiones de cañaverales para quitar las hojas secas y ahuyentar animales. Los campos despejados son más fáciles de cortar a mano (y hay quienes además afirman que la candela aumenta la concentración de sacarosa en los tallos), pero las quemas masivas crean nubes de humo y ceniza. Los campos de caña ardientes liberan grandes cantidades de nitrógeno, sembrando el cielo con lluvias ácidas.

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