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Al margen del entusiasmo

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Durante los primeros días de la República Liberal, el capitán Matamoros, de la Policía Nacional, fue enviado desde Bogotá a evaluar la situación en el nororiente del país.

En su informe, describió cómo en misas y conferencias políticas, curas y políticos delineaban un modelo de país, y cómo eran estas posiciones las que dividían en aquel momento a la población. “Las palabras liberal o conservador han venido a ser sinónimos de … libertad, opresión, protección de los débiles, restricción de derechos, religión o fanatismo”, afirmó. Ni hereditaria, ni irracional, la filiación política surgía principalmente de la identificación con unos preceptos precisos. Preceptos que para entonces tenían mucho que ver con el lugar que debía dárseles a las reivindicaciones populares, a los problemas de tierra y a la religión.

Las ideas importan. Y por más que presidentes como Olaya Herrera o Eduardo Santos hayan intentado moverse hábilmente a través de los distintos rincones del espectro político, haciendo concesiones, cooptando oposiciones, incluyendo ciertas de demandas y evitando (por sobre todas las cosas) la polarización, siempre hubo quienes, como López Pumarejo, desconfiaron de esta ambigüedad y mantuvieron una importante base electoral en los márgenes del entusiasmo de las coaliciones.

Por ello, expresiones sobradoras que anuncian que “Uribe es el pasado” y celebran el “desgaste total del teflón” o el “fin del embrujo paisa”, están lejos de convertirse en realidad. El actual presidente Santos es hábil, se mueve en distintos formatos —hemos oído hasta la saciedad que es diestro “jugador de póquer”— y muchas de sus apuestas cuentan incluso con el visto bueno de los más fervientes progresistas. Sin embargo, ni el uribismo es sólo “cuestión de élites regionales”, ni Uribe es un perdedor desesperado. No será en póquer, pero el expresidente es virtuoso en otros juegos, su visión del país es clara, dogmática, reaccionaria y no hace concesiones. Sus bases sociales lo están esperando. Subestimar esta realidad es pensar con el deseo.

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