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¿Qué será de las emociones nacionales?
Unas, expresadas incesantemente, durante más de tres décadas, comienzan (en la antesala al posconflicto) a ser abrazadas por el Estado. La tristeza (o “resiliencia”), los procesos de duelo y perdón. O en el otro lado del espectro, de arrepentimiento, remordimiento y de contrición.
Muchas de estas emociones han sido descritas, fotografiadas, estudiadas. Algunas de ellas, reseñadas oficialmente en algún informe, calificadas por entidades oficiales o por contratistas académicos como loables, esperables, necesarias. Investidas de solemnidad y bautizadas como resistencias, recordadas en actos oficiales, cuñas radiales y crónicas periodísticas reconciliatorias (pagadas con fondos bien intencionados de la cooperación).
Entre perdones presidenciales y viajes a La Habana, estas emociones van tomando cada vez más terreno en el presente. Incluso el presidente, que hace algunos años no gesticulaba, ahora pide perdón en nombre de un linaje bipartidista general. Son emociones y por lo tanto se han ido construyendo y se comparten entre una familia, partido o población entera. Son inestables, fluidas: dependen no sólo del momento histórico sino también del sitio y la naturaleza circundante.
Con el proceso de paz con las Farc, se convierten al perdón ejércitos históricamente subversivos, de mando disciplinado y amplio poder localizado. Sin embargo a través de los años muchas emociones de resentimiento, pero no necesariamente farianas, fueron achacadas a las guerrillas y castigadas (a veces sin ser judicializadas). Por lo visto hasta ahora (en el transcurso de los últimos cuatro periodos presidenciales, como mínimo) los derivados del resentimiento, la rabia, el enojo, el rencor, no tendrán un espacio en la legalidad. Aun tras la firma de la paz.
Entre tanto la violencia sobre las familias, sumada a la degradación de sus aguas, tierras y aires, ha producido reacciones emocionales diferenciadas en departamentos o pisos térmicos. Así, los conflictos por la tierra no derrapan sólo en desolación, en pleitos formales sobre desplazamientos, títulos de propiedad y firmas notariadas, sino también en emociones contenidas, sentimientos que no son “constructivos” y experiencias irascibles. Para estas experiencias no hay campo dentro del recetario sentimental que alimenta las prescripciones del posconflicto.
Un ejemplo perfecto de esta omisión de la rabia, en los planes oficiales del futuro, lo presenta la condena a Feliciano Valencia. El líder del movimiento indígena fue castigado con 18 años de cárcel por haber participado de la condena a un cabo del Ejército. El mismo cabo que en la era Uribe Vélez infiltró la protesta indígena. Fue descubierto y sentenciado por la comunidad a recibir varios azotes, de acuerdo con su jurisprudencia. Se trató de un castigo corporal, que canalizó quizá la ira de una población entonces satanizada y perseguida. El drama de Valencia evidencia los límites del repertorio emocional avalado por la justicia transicional. La rabia de su pueblo, de su guardia y sus historias, no cabe en el mañana.