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Temprano por la mañana Julio Sánchez Cristo comenzó a llamar a los “ganadores de las 10 mil becas para estudiar en las mejores universidades”.
Gran parte de los entrevistados sonaron jóvenes, sinceros y lacónicos. Uno de los primeros en pasar al teléfono contó, sin muchos detalles, que quiere estudiar alguna ingeniería en la Universidad del Norte. Sánchez le preguntó por la ocupación del padre, a lo que respondió que es conductor, pero está sin trabajo porque tiene problemas con “el tránsito”. Tras un corto silencio, Sánchez le preguntó por la ocupación de la mamá (“es ama de casa”) y por el costo de cada semestre en la universidad, que supera los cinco millones. “Más de diez millones al año”, concluyó el periodista.
Otro, en el Valle, contestó sin dar vueltas que va a estudiar alguna ingeniería y de pronto en el ICESI. Que el papá también es conductor y la mamá se ocupa del hogar. Sánchez lanzó entonces la pregunta sobre si prefería la beca o una casa para sus padres. Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos de silencio al aire. Finalmente alguien le sopló algo y el entrevistado respondió que “la beca”.
Ambas llamadas con sus silencios apuntan a aspectos problemáticos de la iniciativa y esbozan algunas características del Estado colombiano. ¿Por qué el joven, que se mostró conciso y reservado frente a otras preguntas, contó al aire que el papá tiene problemas con la policía de tránsito? Es posible que pensara que la emisora, tan cercana al Gobierno (sus “soluciones W” son nuestro “aló presidente”), lo podía ayudar. Que en el programa radial podían resolver los problemas del carro. O devolverle al papá el trabajo.
La respuesta no sólo es testimonio de la forma en la que el bachiller imagina al Estado, sino que evidencia también uno de los problemas centrales de las diez mil becas. O mejor, de sus becarios. Que no son becarios sino beneficiarios. Y que deberán cuidarse para no convertirse en deudores. Porque, como nos lo recordó Rodolfo Arango en una columna, la beca no es un regalo sino un crédito: condonable sólo si el beneficiario termina exitosamente el programa en el que se matriculó. Contingencias familiares, como la pérdida del trabajo del padre, pueden llevar a un estudiante a posponer sus estudios o a parar un tiempo y trabajar.
En la segunda llamada, frente a la pregunta por la casa o la beca, el estudiante se demoró en contestar. Tal vez lo sorprendió la crudeza de la pregunta. O quizás, confundido por la trenza entre W radio y Gobierno, pensó que era una pregunta seria, con efectos materiales. Que tenía que escoger así, al aire y por petición de Julio Sánchez, entre una casa de Germán Vargas y una beca de Gina Parody.
Porque a fin de cuentas del becario depende. De él y su autosuficiencia. Ya son varias las agencias estatales y la propaganda oficial en las que le repiten que debe salir a flote, rapidito, en una carrera contra el tiempo, sin desocupe ni desempleo. Satisfacer sus ambiciones. Ser el mejor y no pedir regalos del Estado. Tampoco subsidios. Como la educación no es gratuita, llegó el momento de competir. No lo dirán de frente (de pronto sí, con la publicidad nunca se sabe), pero se lee entre líneas básicamente lo siguiente: no hay espacio para frustraciones y hay que echar para adelante como sea. La meritocracia lo exige.