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En 1977 el geógrafo James J. Parsons hizo cuadros de costumbres y paisajes en el contexto de la exploración antioqueña de la tierra caliente. Parsons, que llegó a Colombia después de pelear en la Segunda Guerra Mundial, describió a la población paisa como poseedora de “una ética de trabajo casi puritana”. Dotada de un “peculiar genio”, que la habría empujado, durante el siglo XIX, a empecinarse en la minería del oro y el “desmonte de la tierra”, y luego, a inicios del siglo XX, a un “admirable salto hacia la industrialización contra todos los hados de la geografía”. Así, enfrentando los obstáculos más demoníacos, Medellín se convirtió en “la primera ciudad manufacturera de la nación y Antioquia en su departamento más próspero”. La colonización antioqueña, subraya, empezó en ausencia de vías y cuando “el único acceso de la ciudad al mundo exterior seguía siendo a lomo de mula”.
Parte de sus escritos son sobre la colonización “más dramática” de nuevas parcelas en tierras bajas y lluviosas del golfo de Urabá, en dirección a Panamá. Tierras por las que se abrió, a través de un trabajo pesado de “desmontar” lo que se atravesara, un corredor hasta el mar. Derribar el monte significó altos niveles de violencia contra las poblaciones que ya vivían y trabajaban en él. Parsons, que visitó el Urabá por primera vez en 1947, narra con pesimismo la situación de las poblaciones antes de que llegara a ellas el progreso. “El camino que transmontaba la cordillera Occidental”, nos cuenta, “tenía el nombre de Carretera al Mar y llegaba apenas hasta la estación experimental de caucho en Villa Arteaga donde la precipitación anual excede los 3.500 milímetros y no hay realmente una estación seca”. Turbo, nos dice el autor, era “un puerto misérrimo de madereros, situado sobre las aguas someras y turbias del golfo”.
En el 77, el académico Parsons diagnosticó que en el Urabá se consolidaba la inequidad del latifundio, afirmó que, pese a que en la región florecían “todos los problemas de una frontera tropical”, había expectativas en el futuro. Estos anhelos de plata provenían de bananeros y de otros “promotores del desarrollo” que todavía mantenían “la esperanza de construir allí un puerto importante del Caribe, como la propia salida de Antioquia al mundo atlántico”. En el 2017, el gobernador de Antioquia, Luis Pérez, alberga la misma ilusión. “Bienvenidos a Urabá, la tierra prometida”, anuncia la publicidad que celebra la construcción de “una nueva ciudad” que inaugurará la prosperidad.
Cuarenta años después, una estela de tristezas de muchos tipos ha pasado por cada municipio de la región. Aunque han cambiado las formas de votar, de planear y de producir, una constante ha sido la vocación de colonizar monte. De domar a sangre y fuego lo que algunos, más blancos, consideraron “húmedo”, “lluvioso”, “alebrestado”. Los anuncios de esta semana guardan alguna continuidad. “El gran proyecto es la construcción de un nuevo hábitat”, declaró Planeación Departamental, “de una nueva ciudad que permita que la región sea atractiva para las personas del interior y para los mismos habitantes de la región que se quieran quedar”. La Gobernación de Pérez avisó que “esa nueva ciudad, esa tierra prometida, se denomina por ahora Ciudad del Mar”.
Qué difícil que en los días de la memoria histórica se eche para adelante sin considerar al pasado. Más que al emérito Parsons, vale recordar al novelista Tulio Bayer, que en 1960 describió, sin dar nombres, la cotidianidad de esta empresa de progreso: “una aldea de Antioquia que un tiempo fue muy desdichada; un pueblo que hoy como ayer lucha por recuperarse de su larga ruina; y una carretera que centenares de seres humanos desearon ver atravesando la selva, húmeda y alta, y el extenso pantano. Y que hoy llega hasta el Mar”.