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Héctor Abad Faciolince defendió tres ideas en su última columna dominical. Cada una, por separado y en desorden (empezaré de adelante para atrás), amerita relectura.
Afirmó que en Antioquia se vive hoy, y desde hace “más de un decenio”, un período de esperanza debido al proyecto liderado por Sergio Fajardo, que es uno “limpio” y de “transformación”. Señaló el importante papel que distintos personajes han jugado en esta mejoría: el Ministro de Vivienda, Luis Felipe Henao, el Ministro Salud, Alejandro Gaviria, la Secretaria de Salud del departamento, Luz María Agudelo. Un antioqueño, dos antioqueños, tres antioqueños, recalca Abad. Y es cierto. Cosechando algunas iniciativas del período de Juan Gómez, Fajardo se propuso, desde su alcaldía en 2002, enfocarse en inversiones sociales, en la construcción de librerías, centros médicos, colegios y proyectos culturales. Pero también es cierto que, durante ese mismo período, se consolidó el dominio paramilitar de muchas comunas, que el profesor Forrest Hylton llama “la paz paramilitar”: baja la tasa de homicidios porque hay un control de barrios por cuenta de cuadrillas ilegales (a veces en connivencia con la fuerza pública). En la Medellín post Don Berna sigue habiendo calmas chichas. Dominios específicos de bandas criminales conviven diariamente con la innovadora política social. No son mutuamente excluyentes. Eso, para no hablar del departamento entero.
Esto lleva a la segunda idea de Abad. “No soy regionalista, pero cuando desde Bogotá intentan imponernos a los antioqueños algún esperpento (…) dan ganas de volverse “antioqueñista” (…) y mandar al carajo al poder político de la capital”, afirma el columnista. Pero identificar a Medellín (desde donde se traza, por ejemplo, toda la política hidroeléctrica del país) con una periferia nacional sin margen de maniobra alguna es insensato. Además, no sirve de nada responsabilizar a Serpa por Pérez. O a Uribe Vélez por Rendón. No asistimos a ningún “festival de los avales”, pues no se trata de candidaturas fortuitas e inesperadas. Preocupante o frustrante, la campaña de Rendón es el resultado la labor organizada por los toldos de Ramos que hacen política, entre tintos y planillas.
En la columna hay una tercera idea que es quizá la más problemática. Abad sugiere, desde la primera línea, que su departamento es peculiar. “El PIB de Antioquia sola es 10 veces más grande que el PIB de Nicaragua, y Medellín es una ciudad mucho mejor administrada que Managua”, afirma. E insiste: “Antioquia tiene la economía de un país”. Decir que Antioquia (y sus hijos) son especiales no tiene nada de especial. Es una constante histórica y tiene todo tipo de antecedentes. Centrada en los 40 y 50, la profesora Mary Roldán habla de una “Antioqueñidad” caracterizada por la laboriosidad, cabeza para los negocios, capacidad incansable de trabajo, fertilidad y sobriedad (entre muchas otras flores). Esta Antioqueñidad era sólo para unos antioqueños, de la capital y la región más central y productora de café. Los otros, más cercanos a Bolívar, Chocó, Santander o Boyacá, eran vistos como presos de la incivilidad. Perezosos, bulliciosos y viciosos. Roldán narra cómo, durante la Violencia, las zonas de “buena” antioqueñidad prosperaron (a subir ese PIB) y florecieron inversiones en bienestar social y las otras sufrieron cruentos periodos de arremetida militar (y paramilitar). En esa ocasión también convivieron la política social y la violencia.