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Continuidad y Vargas Lleras

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Vargas Lleras viajaba por Colombia. Sobrevuela vías, ordena drenajes, trae la luz, manda construir acueductos y casas.

En un mismo día informa la prensa que el vicepresidente: “Anuncia inversión de $2,2 billones para nuevo plan de vivienda”; “entregará 89 casas en Lorica”, “supervisó proyectos de generación de energía”. Distintas fotografías lo registran con casco de constructor mientras sonríe desde un puente, o cuando celebra la financiación de nuevas casas con los brazos arriba, haciendo un techito en el aire. Al tiempo que se acumulan las inauguraciones, Vargas Lleras se convierte en el gran motor de la política social de la década.

Estas imágenes del vicepresidente haciendo monerías en actos oficiales pueden despertar cierta incomodidad entre lectores o televidentes. Después de todo se trata del mismo Vargas Lleras de “carácter implacable” y rápido para contestar con irritación si alguien lo cuestiona. Es la misma llave de Uribe en el gobierno Pastrana, el colaborador de la primera seguridad democrática, el desconfiado perpetuo de la movilización social. Varios perfiles del funcionario (y próximo presidente según el tipo de acuerdo frentenacionalista que entabló con Santos) resaltan esta suerte de contradicción entre el Vargas social de las casas y el que sospecha de la gente que vive adentro.

Esto, sin embargo, no es contradicción sino continuidad. Continuidad con una tendencia nacional, que es vieja y ha sido descrita por distintos historiadores. Trabajos de Mauricio Archila y Catherine LeGrand documentan el interés de varios gobiernos por trazar y cumplir políticas en educación, salud, vivienda de interés social (otrora obrera) y mínimos derechos laborales. Desde la hegemonía conservadora hasta el período Uribe, pasando por la república liberal, las administraciones de los Lleras y los años de Samper, diferentes gobiernos han hecho numerosos esfuerzos sociales con miras a civilizar, rehabilitar y llevar progreso a las “clases desfavorecidas” (además de mantener el orden). A la vez que aflojaban la chequera para “lo social”, sucesivos mandatos manifestaron ansiedad y agresividad frente al surgimiento de nuevos sectores sociales, fuerzas, partidos, sindicatos y, por supuesto, desacuerdos.

Así, mientras se introducía el salario mínimo se reprimía con ejército una huelga. O la construcción de un barrio obrero coincidía con restricciones a la libertad de expresión de sus habitantes. Por supuesto muchísimas cosas han cambiado a lo largo de las décadas. Pero a grandes rasgos puede pensarse que Vargas Lleras es el ejemplo perfecto de esta tendencia patria.

En años recientes, mientras planeaba ciudadelas para “los más pobres de los pobres” e ideaba estrategias de “buen gobierno”, no dudó en pronunciarse en el contexto de los paros campesinos. “La guerrilla también estaba participando de los hechos”, afirmó en agosto de 2013 antes de proponer la intervención del Ejército para disolver las manifestaciones.

Como tantos otros antes que él, nuestro candidato-vicepresidente tiene problemas para establecer los límites entre el disenso y la subversión. Realiza una defensa de “lo social” con paternalismo y es transparente en su disgusto cuando alguien lo interpela (o lo iguala). En palabras de Le Grand: “La defensa de lo social como defensa de un organismo social (que en Colombia abarca una visión jerárquica y elitista de la buena sociedad, marcada por profundas diferencias sociales), a menudo significa la defensa del status quo socioeconómico”.

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