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JORGE ORLANDO MELO ESCRIBIÓ EN octubre de 2013 sobre las columnas de opinión en Colombia.
Describió cómo los más de 700 columnistas nacionales solemos “darle duro a alguien o a algo”, repitiendo sentencias políticamente correctas cosidas entre párrafos de “ataques a políticos, escritores, funcionarios públicos y periodistas, a la sociedad occidental, al primer mundo, los empresarios de la minería, la guerrilla, los administradores de la salud”.
Juan Ricardo Ortega sostuvo, durante una conferencia en abril, que los colombianos no somos libres de decir. En la conferencia, que reunió a estudiantes colombianos del área de Boston, el exdirector de la DIAN (hoy parte del BID) contó sus experiencias con el clientelismo electoral y declaró que “la mayoría de colombianos están subyugados” por un sistema de corrupción. No sólo la población es “prisionera”, sino también los funcionarios: tanto Uribe como Santos, bienintencionados, han sido inmovilizados por un “sistema inmodificable” que los hace transar tarde o temprano.
Alejandro Gaviria recomendó hace dos semanas suspender la fumigación con glifosato. El ministro de Salud citó la alerta de la Organización Mundial de la Salud sobre efectos cancerígenos del pesticida y dijo que “por mera lógica, las fumigaciones deben suspenderse”. Concluyó que de no hacerlo, “se sentaría un precedente antiético, por decir lo menos”.
Clara Gaytan viajó de Oaxaca a Ciudad de México en los 80. Construyó casa en la zona del Ajusco Medio en Tlalpan y tras tres décadas de mal servicio de agua (cortes inesperados, precios altos, falta de presión) permitió que la asociación “Isla Urbana” le instalara un novedoso sistema de captación de lluvia. El sistema recoge el agua en los techos, la almacena en una cisterna y la purifica in situ para usos domésticos. Isla Urbana se financia con aportes privados y estatales y ha instalado más de mil sistemas en Tlalpan. La señora Gaytan tiene su llave de agua, pero tiene también su tanque de lluvia gratuita.
Inspirada por la crítica del profesor Melo, hastiada con el cinismo que proviene de Boston, ilusionada con la berraquera del ministro Gaviria e influenciada por el trabajo de Isla Urbana, esta columna hace tres propuestas.
La primera es no olvidar que siempre, todos los días de la semana, burócratas, políticos y vecinos toman decisiones éticas, bregan para forjar alternativas y, de tanto en tanto, sabotear un poquito el “sistema inmodificable”. La segunda es que una vez suspendidas las fumigaciones en el Chocó (uno de los departamentos en los que se concentra la medida), se busque un contacto con Isla Urbana, que capacita líderes y funcionarios del mundo en la construcción de sus sistemas de captación/purificación. La tercera es que se permita a las personas cosechar el agua. Hoy se desincentiva (sin ningún éxito) la práctica, pues la legislación establece que toda agua consumida debe ser medida y cobrada. Pero los sistemas Isla Urbana no están pensados para suplir los acueductos que el Estado poco a poco va construyendo, sino para convivir con ellos. Para usar en tiempos de visitas familiares o de recesiones económicas. Para no depender enteramente del sistema formal. Para dar a las personas cierto margen de maniobra.