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Crónicas de una generación que no existe

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En días pasados el director de la Dijín confirmó que el médico que firmó el acta de defunción de alias Fritanga declaró muertos a otros dos narcotraficantes.

Mientras estos personajes resucitan en los expedientes estatales adquiriendo estatus de prófugos, la Policía teme que este mismo médico (en contubernio con funcionarios de la Registraduría) les haya entregado documentos similares a miembros de bandas criminales.

Como Fritanga, Chupeta también intentó acabar con los trazos de su existencia. En vez de proclamarse muerto, modificó su rostro. Mediante desvanecimiento de pómulos, adelgazamiento y división del mentón y rinoplastias quiso quedar irreconocible. Alias W, a su vez, buscó cambiar radicalmente su aspecto por medio de dietas y lipoesculturas. Como Chupeta y W, alias El Fríjol pretendió borrar su prontuario sometiéndose a una intervención quirúrgica en los dedos para modificar sus huellas. Al respecto, expertos de la Fiscalía reportaron que “un narcotraficante fue encontrado con el tejido del dedo gordo del pie derecho en el dedo pulgar de la mano del mismo lado”. Son comunes, además, los casos de alteración de huellas en las cárceles, donde ciertos presos frotan sus dedos contra pavimento o superficies ásperas, buscando “rústicamente” modificar sus impresiones dactilares. Con este mismo deseo, alguno decidió masticarse las yemas de los dedos.

Las autoridades se preocupan, pues existen ya en el mercado dispositivos móviles para disfrazar la voz. Cambiarse de nombre o de alias es lo de menos. Quedará sólo reconocerlos por sus afectos, e igual habrá quienes, como alias el Fríjol, con domicilios en siete países, le jueguen a la estrategia del más estricto desapego. Así, una generación de zombis, sin aspecto, huella, identidad o domicilio fijo, crece, pasa por la cárcel, viaja, vuelve. Y si alguno cae preso o muere, es reemplazado por otro, que tal vez sea él mismo.

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