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Dicen los faros de la opinión nacional que el billete de cien mil es una mala idea. Que será un incentivo para las personas que no usan los bancos. Para la gente con fajos de efectivo (con un poder de consumo sospechoso).
O para la gente terca, de la clase media en ascenso sostenido, que desconfía de los bancos, las cuotas de manejo, los cajeros (que guarda ganancias y ñapas en los bolsillos y los cajones). Nos informan las buenas costumbres sobre la inconveniencia del menudo y la mala espina que despierta el nuevo papelito verde con aguamarina, que circula las imágenes del cuerpo, las gafas, la cara del expresidente Carlos Lleras Restrepo.
La angustia por el billete nuevo trasnocha, principalmente, a personajes con finanzas o fortunas saludables, establecidas o tradicionales. Personajes que confían plenamente en las herramientas y beneficios de un sistema bancario en el que, con debido asesoramiento, se pueden esconder millones. El mentado y dibujado expresidente Lleras no se escandalizaría con su destino. Quizá desconfiaría más de cuentas en el extranjero y las empresas de lavado por lo alto que de los guardados de mayoristas y contadores de efectivo. Para poner al protagonista de la nueva plata en contexto, tres historias sobre sus caminos y creencias.
Carlos Lleras provenía de una familia estudiada, con papá científico, pionero en el área que hoy llamaríamos ciencias de la salud. Pese a su pedigrí académico, el padre no era rico. En su autobiografía nos cuenta: “mi padre me contó alguna vez que nací en una pequeña casa del barrio Las Nieves que él había tomado en arriendo”. Mientras otros políticos de la época recibían educación con tutores venidos de afuera, antes de irse a estudiar a Europa, Lleras hizo los primeros en la escuela de “Las Hermanitas Triana”, el bachillerato en el Instituto de La Salle y la carrera en la Universidad Nacional. Para hacerse a algunas ganancias, dictaba clases de literatura española en el bachillerato de la Universidad Libre.
Aunque por el estatus científico del padre tuvo acceso a exclusivos convites, no consintió complejos y, llegado el momento, sacudió todos los privilegios de sus pares. Desde sus distintos cargos en gobiernos liberales, Lleras Restrepo creó impuestos y reformó los existentes para hacerlos más altos. Pero su máximo atentado a la plata vieja, las escrituras y las cuentas, lo hizo en el ámbito de la tierra. Desde 1934, cuando fungió como secretario de Gobierno de Cundinamarca, se destacó por el manejo del episodio de la Hacienda el Chocho, en Fusagasugá. Este episodio había iniciado a mediados de 1925, cuando los aparceros de la hacienda exigieron ciertas mejoras laborales a sus empleadores. Estos últimos decidieron en cambio expulsarlos de su propiedad y resistirse a cumplir exigencia alguna. Tras años de tensiones, fue Lleras, desde la Secretaría de Gobierno, quien materializó la compra de la hacienda, para luego subdividirla y venderla a precios modestos.
Durante su periodo como director del Comité de Reforma Agraria, Lleras Restrepo, tan distinto de su descendencia (hoy en la Vicepresidencia), se enfrentó fuertemente a las élites de la costa norte. Insistió en la importancia de un cambio en la distribución de la tierra y emprendió una campaña en los medios escritos, emisoras y en la plaza pública defendiendo la urgencia de la reforma. A diferencia de su descendencia (hoy en la Vicepresidencia), atacó a las elites establecidas del Caribe. Aunque estas familias terratenientes representaban votos, prefirió colaborar con el movimiento campesino. Así, un día llegó a trabajar en el Congreso y se dio cuenta de que sus colegas, representantes a la Cámara por el Magdalena, se encontraban en proceso de repartir obituarios amenazantes invitando al “velorio de Lleras Restrepo”.