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El centro de cerquita se diluye

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Era 1940 y Alfonso López Pumarejo ya había sido diputado, representante a la Cámara, columnista, mejor amigo y enemigo de Laureano Gómez, ministro de tesoro, presidente del partido Liberal y también de Colombia.

Podía pensarse que López, quien entonces vivía en Nueva York dedicado a negocios privados y a planear una nueva campaña electoral, era en cierta medida el centro de la política nacional. La persona en la que se concentraba el poder y la política. Sin embargo, al acercarse y enfocar su vida cotidiana a través de su correspondencia, no encuentra uno algo espectacular ni desentraña ningún nudo secreto. Predominan, en cambio, los negocios al detal, los rumores oídos por teléfono, la improvisación, las preocupaciones más frívolas (mi hijo se enamora muy rápido, mi hija tiene amigas pobres).

El centro, Bogotá, el nodo del centralismo. En las narraciones que construimos desde la prensa bogotana, la capital del país es el lugar neurálgico, el del Congreso, de las cortes y los ministros. Sin embargo, como en el caso del ex presidente López, al hacer zoom, se encuentran personas hablando por “watsup”, escribiendo correos o almorzando. Todos haciendo conjeturas, poniendo cuidado a la radio y a las cuentas. Entre rutinas, trayectos en carro y proyectos armados sobre la marcha, la idea de un centro todo poderoso se desmitifica. Tampoco quiere decir que el poder, como algo material y tangible esté en manos de un tercero: de una familia exclusiva en el Caribe o de un ejército no estatal. Por el contrario, quiere decir que es más mundano, cotidiano, fluido. Está mediado e impulsado por redes foráneas, se sitúa en diferentes espacios nacionales, desafía el binomio campo y ciudad. La relevancia de cualquier ciudad puede deberse a una momentánea relación con otros municipios (en La Playa, Norte de Santander se toman hoy decisiones importantes sobre rutas, sobornos y embarques, porque ha terminado escondido allí alias Megateo).

El centro está descentralizado. Y muchas veces, medidas que posteriormente se sancionan en Bogotá (para implementar a nivel nacional) fueron originalmente concebidas y puestas en marcha en Medellín, Bucaramanga o Cali. Mucho depende, también, de las alianzas políticas, económicas y amorosas entre grupos económicos, partidos y (a veces) criminales. Estas son históricas o nuevas y suelen ser inestables, frágiles ante la contingencia. Una pelea entre esposos desencadenó, por ejemplo, el desmonte de la serie de nudos que representaba el DAS. Una mujer denuncia las actividades ilegales del conyugue y este, viéndose perdido, acusa a sus superiores, revela fraudes electorales de alto nivel, robo y colaboración estrecha con el paramilitarismo para asesinar a líderes como Alfredo Correo D’Andreis.

Incluso en momentos en que se han consolidado fuertísimos poderes (que podrían considerarse una especie de centro), estos usualmente tienen raíces en varias regiones, son altamente móviles y sólo duermen a la capital con fines prácticos. El partido Convergencia Ciudadana modelo 2007 fue un ejemplo de esta concentración de poderes, pues en su momento reunió a representantes a la cámara por Santander, Arauca, Guaviare, Meta, Vaupés y Bogotá y ocho senadores (cada uno con su influencia y respectiva investigación): Luis Alberto Gil. Juan Carlos Martínez Sinisterra, Oscar Josué Reyes, Luis Eduardo Vives Lacouture, Carlos Emiro Barriga, Gabriel Acosta Bendek y Samuel Arrieta.

Con el poder fluyendo entre las regiones se definió el presente. Y para eso construyen ahora el museo de la memoria en Bogotá. Para mostrarle los hechos a la capital. Porque el país pasó en otra parte.

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