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El pasado como prólogo

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«Los abajo firmantes nos hemos tomado la libertad de dirigir al primer magistrado la presente carta abierta, donde exponemos los problemas y peligros que se ciernen sobre estas regiones”.

Firmada por 16 mujeres y hombres, incluyendo a Manuel Marulanda Vélez, la carta fue enviada desde el sur del Tolima en mayo de 1964.  Comienza enumerando cosechas de la comunidad: “actualmente en esta región hay 5 mil mulares, 10 mil porcinos, y por lo menos un millón de aves de corral (…) producimos fríjol, maíz, panela”. Después enumera sus quejas. Sobre la explotación, pues compraban caro (pilas de linterna, cigarrillos, enjalmas, yardas de tela) y vendían barato (manteca de cerdo, leche, queso, maíz). Sobre la falta de caminos, ausencia de escuelas y persecución de “cuadrillas”, “bandas de pájaros” y “oficiales al mando del coronel Gil”.
La carta, según el sello oficial de “recibido”, llegó después del bombardeo a Marquetalia ese mismo año. Pese a su carácter “abierto” no fue pública. Más bien fue cerrada. O encerrada. Primero en alguna oficina, ahora en un archivo que es el General de la Nación, pero recibe a pocos en Bogotá. A no más de una docena de (casi siempre) universitarios, con carné y tema de investigación, que tienen el tiempo (u oficio) de  meterse en su maleza de miles de folios, rollos y jornadas de trabajo con fuentes viejitas.

Con 47 años de diferencia se dibujó en 2011 un relato similar. El cómic “Marquetalia, raíces de la resistencia” (por Rosa de los Vientos y Jesús Santrich) abre con la imagen de tres fusiles de patas para arriba, enredados en hojas y ramas y musgos. De sus cañones sale una flor de cayena. Anuncia que hubo un guerrillero principal, Marulanda Vélez, “capaz de acumular las experiencias de todo el colectivo y convertirlas en planes”. Cuenta cómo tomó las armas para defenderse de los conservadores tras el asesinato de Gaitán. De cómo en 1953 conoció las ideas comunistas. En recuadro con los rostros de Lenin y Marx, un Marulanda joven piensa que “luchas por una sociedad sin explotadores y explotados son algo más importante que luchar sólo por la parcela”. Con colores blanco y negro avanza la novela gráfica por la década del cincuenta, entre la penalización del partido comunista y la dictadura de Rojas. Introduce la vida de las comunidades solidarias de Marquetalia que vivían y cultivaban en paz. Habla de la radicalización del discurso oficial. Pinta el ataque del ejército con sus ¡BOOM!, sus ¡AHHH!, sus días y sus noches. En cuadrados describe la resistencia de familias con sus animales y la posterior formación del programa agrario-guerrillero.

Entre la carta de 1964 y el cómic de 2011, estuvo el recuento del propio Marulanda en discurso leído en la instalación de mesas del Caguán (“huyendo de la represión oficial nos radicamos como colonos en la región de Marquetalia donde el estado nos expropió fincas, ganado, cerdos y aves de corral”). Entre la carta y el cómic, está también la información recogida por el historiador Dennis Rompe, sobre el plan Laso diseñado en Washington para arrasar a plomo con el comunismo, que aterrizó en Colombia en la operación contra Marquetalia.

La historia más central, más académica, se pasa de todos estos dibujos, cartas y recuentos del 64. Al recuerdo de Marquetalia se le ha desnudado de veracidad e importancia. Se le ha arropado en juicio de anacronismo, folclor e irrelevancia, de donde tendría que salir para asumir los años que nos vienen. Para que podamos reflexionar sobre la experiencia de las Farc y la forma en la que sus miembros han explicado el país (y su lugar en él). Esta experiencia, en contravía de otras, no piensa la política como futuro. Como un quehacer que traza caminos con palabras sobre cómo debería ser el mañana (libre, honesto, ordenado). O para decirlo con mi profesora Ingrid Johanna Bolívar, las Farc están mostrándonos que “la política no habla sólo del futuro sino también del pasado, no habla sólo de abstracciones y referencias generales sino de sectores, eventos y experiencias concretas”.

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