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El reflejo Maluma

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El nuevo comercial turístico nacional hecho en colaboración con Carlos Vives causa sensación. Tiene más de dos millones de “vistas” y a los optimistas no les alcanzan los elogios para describirlo.

Como es debido, voces de académicos y opositores políticos alertan sobre la imagen de nación que el comercial proyecta. Una crítica pertinente se hace a la exhibición de las plantaciones de caña como escenario de goce cuando entre Riopailas, masacres y ministros se conoce cada vez más sobre la forma en la que los ingenios se han jodido al Valle. También se afirma que los espacios están vacíos de habitantes: se está ofreciendo, para el disfrute de extranjeros y/o nacionales con modo, la tierra virgen colombiana. Hay quienes denuncian la ausencia de poblaciones indígenas. Quienes sostienen que la imagen de la nación como naturaleza y paz no concuerda con la realidad. Pero la crítica más repetitiva tiene que ver con la presencia del cantautor Maluma, que recita un “flow” en Santa Rosalía, Vichada.

Cabe pensar que la tenía difícil el creador del comercial. Finalmente está vendiendo turismo en un contexto sin regulaciones (una actividad donde una gente va a la casa de otra gente a ensuciarla, a cambio de un intercambio monetario injusto). Una propaganda turística para un gobierno que quiere pensarse en posconflicto en medio de tensiones armadas y bandas rearmadas que asoman, tiene apretadísimas opciones éticas.

Y sin embargo hay una de las críticas que merece crítica aparte. Pues el discurso contra la inclusión de Maluma, con todos sus argumentos y metáforas, también nos habla de la nación (y de la academia y de la izquierda). Las expresiones más “originales” (del Cholo Valderrama y los grupos Coral y Herencia de Timbiquí) fueron por supuesto bienvenidas. Pasaron de agache los cantos de los alternativos de bien, y de los tropipoperos acomodados. La estrofa de Maluma, en cambio, desató tres tipos de ira. La primera, de pureza geográfica e identitaria (del tipo: “¿qué hace este paisa con plata en el Vichada?”), comparó la visita del joven con la colonización del llano. La segunda denunció el machismo de la siguiente frase: “me atrevo a comparar a mi tierrita con tu cuerpo escultural, ambas tan bellas como las flores”. La tercera advirtió la siempre temida “cultura traqueta”.

Juan Luis, Juancho, Doño. Juan Luis Londoño Arias escogió el seudónimo Maluma para juntar las iniciales de sus padres y su hermana (Marlli, Luis, Manuela). Tiene 21 años, estuvo ocho en las inferiores del Atlético Nacional. A los 16 le dijo a su tía Yudy que de cumpleaños quería que lo ayudara a grabar una canción. Canta pop urbano, no reggaetón, pues es más erótico y lento, que explícito y acelerado (“baby sólo quiero que me dejes como un trapo”). En entrevistas cuenta que le gusta escribir (“siempre me pedían mis amigos que escribiera las cartas para sus novias”) y que tiene miedo de las mujeres interesadas, pues las peladas que no lo quisieron en el colegio ahora lo buscan sólo porque tiene plata (“y a nosotros los hombres también nos interesa el cariño”).

¿Cuál es el lugar de Juan Luis? ¿Por qué no puede estar en Vichada? La crítica parece decir: Maluma al centro comercial en Medellín y el Vichada para los locales (y ojalá no alberguen ganas de hacer plata: “keep it ecosostenible”). Lo que fastidia es la clase media en ascenso rápido. Que consume mucho y chicanea. No tiene conciencia de clase. Que hace metáforas de mujeres esculturales. La academia no sabe dónde ponerla y no quiere estudiarla. La izquierda sospecha de ella, se asquea. Por costumbre, por reflejo. Por eso tampoco tiene sus votos.

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