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El único riesgo es que te quieras quedar

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Toda gran obra urbana, fotografiada y planeada, suele necesitar mano de obra migrante.

Hombres y mujeres que vienen del campo o de otros países cobran menos y, por estar en desigualdad de condiciones frente al trabajador local, trabajan más horas sin quejarse. Trabajadores suelen construir estas grandes infraestructuras de vivienda. Pero una vez terminado el trabajo, no pueden quedarse ni adentro ni afuera de lo que construyeron. A Brasil llegaron miles de haitianos y africanos (de Somalia, Ghana, Etiopía, Kenia, Camerún, Nigeria y Liberia) para construir las obras del pasado mundial y los próximos juegos olímpicos. Sin contrato ni nada, tuvieron que buscar un nuevo destino, fuente de esperanza, al acabar las obras.  Buscando a Estados Unidos encontraron a Turbo.

Los miles de migrantes que llegan al municipio antioqueño no forman un grupo homogéneo: lo que se describe como migración de cubanos yendo a EE. UU., viene de distintos países. Los cubanos son los más organizados y visibles, cuentan con algún apoyo de sus compatriotas en el exilio, hablan el idioma y tienen mejores condiciones ante la ley. Muchos de los provenientes de África y Haití están escondidos, sin el apoyo de nadie. Para todos hay pocas opciones. El alcalde de Turbo resume: “Nosotros estamos esperando la decisión del Gobierno, tanto para si desean deportarlos o enviarlos a un país amigo”. Migración repite que no se trata de un problema nacional (“Colombia no es ni la causa ni el origen de esta situación”), por lo tanto: “ciudadano extranjero en permanencia irregular será tenido sancionado”. Los coyotes, por su parte, cobran en dólares el paso por la selva a Panamá y sólo a veces cumplen. Los migrantes han perdido la capacidad de predecir el día siguiente. En ausencia de alternativas dignas, sólo les queda aceptar el abuso.

La prioridad para las autoridades colombianas es que se vayan, sin importar cómo. Cada tanto se organizan deportaciones masivas (en los últimos años se han deportado cerca de 7.000 migrantes). En ocasiones los ven partir en barco y luego recogen los cuerpos que se “quedan’ en el mar. Además de las autoridades que deportan o vacunan, reina también en la zona el Clan Úsuga. Hacinados y sin acceso cotidiano a agua, los migrantes son presa fácil para gripas y Zika. Por eso, en entrevistas varias, haitianos, cubanos y africanos cuentan que tienen fiebre (“mi hija lleva tres días con fiebre”, “No quiero estar más acá. Quiero regresar a Brasil, he recibido mucho maltrato y tengo mucha fiebre”).

La migración en Turbo (y Colombia) no es un evento nuevo o desconocido. “Yo también soy un migrante” contó el sepulturero municipal que llegó, huyendo, de la zona rural en los 90. Se fueron y llegaron personas a todas las regiones de Colombia en décadas de desplazamiento. (Vienen y se quedan en Bogotá y Barranquilla venezolanos de clases altas). Y se refugiaron, hasta hace poco, miles de familias colombianas pobres en Ecuador y Venezuela. Ante la migración desesperada de colombianos ambos países idearon algunas medidas temporales para hacer la vida de migrantes y locales llevadera.

En el caso de quienes buscan refugio en Turbo son corticas las ideas. No da la imaginación para colaboraciones ni empatías. Quizás esta reacción tenga que ver con la forma en la que los principales medios de comunicación definen a estas poblaciones. Su llegada es descrita como “crisis” y “bomba de tiempo”. Y se hacen afirmaciones solapadamente negativas. “El olor fuerte que expelen los migrantes se siente a metros” describió un corresponsal. Caracol Radio anunció que “por la migración podría afectarse el turismo”. La revista Semana escogió dos migrantes para entrevistar, uno que frecuentaba prostíbulos y el otro consumía bazuco (“No se le entiende el nombre porque está drogado. Es africano”). El Colombiano describió a los llegados como “de tosca piel morena”, “morenos corpulentos”. No se atreve a decir “negros”. Tal vez sabe que al decir la palabra se hará evidente el racismo que baila alrededor de toda esta historia.

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