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Espejo Central Bolívar

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Santander respondió “NO” al plebiscito que refrendaba los acuerdos de la Habana. La Vanguardia Liberal anunció por la tarde de hace ocho días que “el No ganó en Santander por un margen relativamente alto”. Apretada por arriba y por abajo, en una pinza contrainsurgente, la población santandereana ha venido preparándose por años para alcanzar esta votación.

Con una superficie de 30.537 kilómetros cuadrados este departamento al nororiente del país se toca con Norte de Santander, con Cesar, Bolívar, Antioquia y Boyacá. De algunas partes de su suelo marrón ha brotado desde casi siempre petróleo. Con el petróleo vinieron las petroleras y con ellas los abusos de poder. De los abusos emergieron los sindicatos, los comités, las marchas. Y la movilización social hirvió en la región. Un montón de organizaciones y personas lucharon en contra de una serie de injusticias reivindicando derechos sobre sus vidas y sus tierras. Pidiendo igualdad de trato y condiciones. Estos coexistieron posteriormente con frentes de las guerrillas del Eln y de las Farc. La presencia de estos ejércitos justificó a ojos de los gobiernos nacionales, la entrada del paramilitarismo más desbocado. Desde la Provincia de Vélez, en que la presencia paramilitar se remonta a mediados de la década del ochenta, se desplegó el Bloque Central Bolívar. En la Provincia de Comunera, el bloque logró consolidarse con relativa facilidad hacia finales de la década del noventa. Se apoderó luego de García Rovira (desde Capitanejo, principal base paramilitar de la región, cruzando el corredor que conduce a Arauca, a través de Boyacá). Los paramilitares tomaron también las cabeceras municipales de las provincias de Guanentá, Soto y Mares. Para 1998 un espeso reguero paramilitar se esparcía por el departamento. La hegemonía antisubversiva se pegaba en los postes y los carteles. La persecución a cualquier tipo de lucha social (detenciones, ataques y campamentos de resocialización) hizo mella en la preocupación y el funcionamiento de las familias. Caló en las prioridades de los colegios y las de la música.

Por arriba, llegaron estas ideas en camionetas blindadas, se instalaron y se impartieron. Por abajo, desde las discusiones políticas de algunos inconformes, se fue inflando un movimiento político urbano que reivindicó resentimientos particulares. Convergencia Ciudadana, creada por Luis Alberto Gil, hizo campaña criticando a los ricos y poderosos de la ciudad. Les habló a las clases medias, a las familias añorantes de ascenso social, se alió con el pensamiento macheril de Hugo Aguilar y echó mano de ideales reaccionarios. El Cañón del Chicamocha, vigilado día y noche por el Santísimo, vio nacer las alianzas entre el movimiento de derecha y los ejércitos paras.

Con fondos del narcotráfico, el bloque norte y los políticos cosecharon triunfos electorales e hicieron política repartiendo subsidios, cupos, beneficios en promotoras de salud de su propiedad. En una rara premonición, Convergencia Ciudadana promulgó muchos de los valores que luego consagró el uribismo. La verraquera, la dureza en el carácter. El desprecio de las debilidades, de las cursilerías, de los afeminamientos. La antipatía hacia los movimientos estudiantiles, las rebeldías y discusiones sobre igualdad. El resentimiento hacia una élite blandita, que tutea en los clubes y no sabe trabajar. Hacia una gente que se cree mejor.

En camionetas blindadas llegó el Bloque Central Bolívar. En tarjetones electorales llegó Convergencia Ciudadana promoviendo la anti subversión en su sentido más cotidiano. Por todas partes se preparó a Santander para votar No.

(Y en el rinconcito de esta historia Barrancabermeja, la ciudad santandereana más golpeada por la presencia de diversos tipos de violencias y la masacre paramilitar de ideología anti subversiva votó Sí).

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