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La BBC y los estratos

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Hace días se publicó el artículo “Estrato 1, estrato 6: cómo los colombianos hablan de sí mismos divididos en clases sociales”, firmado por el corresponsal de “BBC Mundo” en Bogotá.

Entre varias otras cosas sostenía el texto que “la existencia de una nomenclatura oficial para evidenciar la diferencia social —una especie de sistema de castas aceptado por todos y organizado por el Estado— no deja de resultar impactante”. Ilustran varias fotos igualmente “impactantes”, la primera, clásica: un señor pálido de mirada creída y barriga habla con su amigo, mientras otro con cachucha y overol le limpia los zapatos.

Con todos estos elementos, el artículo fue uno de los más compartidos de la prestigiosa BBC. Con este ya son varios los escritos e informes que han cuestionado la medida, generando miles de comentarios —que exigen, a su vez, el fin inmediato de los estratos—. Sin embargo, el movimiento mediático resulta problemático en dos puntos principalmente.

En primer lugar, parte de la base de que somos un caso aislado, un país sui géneris. “Colombia es el único país que conozco que tiene estratificación social para el enfoque de subsidios. Y conozco muchos países”, opinó, por ejemplo, un experto de la ONU. La popular idea de que somos incomparables impide que nos enmarquemos en un panorama latinoamericano donde las desigualdades urbanas, con sus barrios informales y conjuntos cerrados, se conjugan cotidianamente con problemas de racismo, pobreza y acceso a la ciudadanía. Al compararnos con la región se hacen evidentes, también, otras historias de la segregación urbana: las de latifundios improductivos, terratenientes armados, condiciones de trabajo, educación y salud en lo rural.

El artículo de la BBC afirma, citando un estudio, que la gente no se movería de estrato si se ganara la lotería, pues los servicios les llegarían más caros. Es posible que una familia decida quedarse en el propio barrio tras ganarse la lotería. Sin embargo, no lo hará por el cálculo económico ligado a “subir” de estrato. Sino, probablemente, como otras familias en Lima o Quito o Managua, lo hará porque sabe que no será bien recibida. Porque el amor no se viste de lino y de franela, como lo demuestra la seguridad privada por toda parte, la militarización de barrios informales o de interés social. O la desconfianza de parte y parte cuando se comparte un espacio. La exclusión precede los estratos y los sobrevivirá.

Lo que lleva a un segundo punto que tiene que ver con la redistribución. El frenesí mediático sugiere que hay “un Estado” que, a través de los estratos, “organizó una especie de sistema de castas”. Pero más que un plan macabro hubo un interés redistributivo en el conjunto de políticos, profesionales de la ingeniería y la salud pública que impulsaron los subsidios cruzados a través del avalúo catastral o las características de las viviendas y barrios. Todas estas iniciativas, en distintos momentos y ciudades, fueron recibidas con muchísima hostilidad. Enemigos muy poderosos como Camacol en Medellín o Fenalco en Bogotá presionaron y trabajaron en contra de estas hoy impopulares políticas. Cabe entonces un temor: que replantear el sistema, bajo consignas más bien inocentes (“sin estratos seremos más igualitarios”), desemboque en un intento de los enemigos de siempre por acabar con la poca redistribución que tenemos en la ciudad.

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