Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
No hablamos lo suficiente sobre el cuidado. Sobre la labor poco valorada de mujeres que trabajan en el servicio doméstico, que alimentan, limpian, pasean y acompañan. Sobre la vocación de madres de familia que hacen que lo cotidiano se reproduzca. O del trabajo de maestras y maestros en las primarias y bachilleratos públicos. Ni sobre el trabajo mal pago de funcionarios y funcionarias que, en oficinas y ventanillas, hacen que el Estado se rehaga día a día.
El interés académico por el cuidado fue desarrollado por feministas que se enfocaban en el trabajo doméstico de las mujeres. En sus escritos propusieron el estudio de lo íntimo y lo interpersonal como una instancia fundamental pero incrustada en la cotidianidad más amplia, del barrio, la ciudad y el país.
Así las cosas, para pensar en la ética del cuidado debemos preguntarnos por “quién cuida y dónde” y, también, “quién cuida y cómo”. Los debates sobre el cuidado también muestran que si bien las políticas neoliberales de precarización laboral, que reducen los ingresos y certidumbres de muchas familias (y aumentan los horarios laborales), pueden restringir la capacidad de las personas (particularmente las mujeres) para participar en prácticas de cuidado, también hacen que estas prácticas sean más necesarias en la vida diaria, tanto para las comunidades como para el Estado. En barrios informales de ciudades como Cúcuta y Ocaña (en contextos de precariedad y rebusque), el cuidado se desarrolla por medio de redes familiares y vecinales concretas. De esta manera, unas realidades marcadas por la devastadora situación venezolana han hecho que el cuidado, en forma de préstamos, favores, trueques o empatías, sea cada vez más importante para satisfacer las necesidades individuales, familiares y comunitarias.
Para llevar la ética del cuidado más allá hay que transitar a formas concretas de la práctica. De esta manera, la mentada ética del cuidado implica la elaboración de políticas específicas, hechas a la medida del contexto. Es decir, basadas en condiciones puntales que producen exclusión y privilegios en una determinada ciudad o comunidad. La evolución de la regulación en servicios públicos en Colombia a lo largo del siglo XX puede proporcionar cierta inspiración con respecto a cómo se pueden establecer compromisos éticos en la política. A lo largo de la historia de Colombia, las políticas de solidaridad obligatoria (es decir: solidaridad reglamentada por el Estado) aseguraron que aquellos con mayores ingresos (y posesiones) subsidiaran en sus pagos mensuales a aquellos con ingresos menores. Así, quienes tenían más modo colaboraron con los pagos de los servicios de agua y electricidad (y la extensión de las redes) de aquellos que tenían menos. Este ejemplo es útil para pensar mediante una ética que compromete al Estado, contribuyendo a la institucionalización del cuidado.
Haciendo énfasis en la fragilidad de las cosas, hay quienes argumentan que el trabajo de mantenimiento de infraestructura es también una práctica de cuidado. En un país donde la infraestructura (menuda como los cables o grande como las represas) es vulnerable, los trabajadores de mantenimiento improvisan y toman decisiones importantes cada tanto. Este cuidado de las cosas se puede ilustrar con el trabajo de acueductos comunitarios y redes informales que proveen servicios públicos en las zonas periurbanas de Ibagué, Barranquilla o Cali. Ante la crisis y el deterioro de la infraestructura y las deficiencias en la recolección de basura, los miembros de algunos vecindarios realizan actividades de mantenimiento y reparación de infraestructura de drenaje y electricidad, y participan en jornadas de recolección de basuras, para hacer posible sus vidas en la ciudad. Sin embargo, estas actividades informales de mantenimiento refuerzan relaciones de poder desiguales. Con las mujeres dedicadas al barrido de calles y la cocina (y algunos hombres relegados a actividades más peligrosas como la reparación de redes eléctricas), la ética del cuidado (informal) nos pasa factura.