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La trampa nostálgica

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SON MESES DE AVALES Y JULIO SÁNchez le pregunta a su mesa de trabajo: “¿Qué hacemos con la política regional?”. “Es que ya se descararon, la entrega de la costa Caribe ya se hizo pública.

Es una desfachatez fantástica”. Por su cuenta, el analista Ariel Ávila afirmó: “hoy la política se hace es con plata. Si tú no tienes plata no puedes participar. Una gobernación como La Guajira te vale tres millones de dólares, no hay quién compita contra eso”. (“La frustración es tremenda y la depresión es absoluta. Ustedes no pueden elegir bandidos y pretender que al otro día los gobiernen bien”, le advirtió al electorado). Pese a la sensación de empeoramiento o novedad, la cronología de la compra de votos e inyección de capitales criminales en campañas no es clara ni ordenada ni pareja regionalmente. La sospecha por el aval está trenzada con la propia historia del Partido Liberal. Esta historia está protagonizada por gente muerta y gente viva, por Samper, Serpa, los Galanes y Gavirias, Álvaro Uribe y Germán Vargas, Dilian Francisca Toro y Nancy Patricia Gutiérrez. Y el que mejor la cuenta es Francisco Gutiérrez en Lo que el viento se llevó.

El libro narra el surgimiento y dominio de la facción liderada por Julio César Turbay dentro del partido. Cuenta cómo la ideología turbayista se basaba en el resentimiento contra un sistema de partidos cerrado. Sus seguidores admiraban su precedencia (“No hay satánico orgullo ni vanidad en este hombre que ha escalado eminentes posiciones con la misma sencillez con que un día llegó al Concejo de Engativá”, decía un copartidario) y miles de políticos profesionales, buscando movilidad social a través de la política, inventaron una resistente infraestructura clientelista. Mientras Carlos Lleras mediaba con sectores populares organizados a través de la ANUC y de los sindicatos, la organización turbayista negociaba demandas puntuales a través de las Juntas de Acción Comunal: conexiones eléctricas y al acueducto. Aunque Lleras intentó mantener el control “del bolígrafo” y centralizar los avales, los llamados caciques fueron tomando el control de los votos. El Tiempo denunció: “una rebelión inadmisible de vicios electorales”; Caballero Calderón (Swann) se quejó de los “espoliques y segundones que a fuerza de promesas y aguardiente llevan de cabestro a esas ferias que son las convenciones”.

En contexto de guerra, el gobierno Turbay se radicalizó con su Estatuto de Seguridad y el liberalismo oficial fue vaciándose de sentido. Con la irrupción del narcotráfico y la abundancia de recursos en las campañas, el clientelismo se vinculó entonces a la criminalidad. Se dibujan así dos ironías nacionales que pueden servir para reflexionar sobre el presente. La primera la podemos llamar “ironía de Turbay”: rebelarse contra el cierre del sistema y, una vez en el poder, cerrarlo aún más (puede ser el caso, por ejemplo, de Luis Alberto Gil en Santander, Martínez Sinisterra en el Valle).

La segunda es la ironía de los discursos moralistas. En el pasado, discursos moralizantes que se centran en acusar a un grupo de electores de “irreflexivos”, “inmorales” o “frustrantes” tienen efectos nocivos en las urnas, pese a venir acompañados de propuestas de reforma social. En palabras de Gutiérrez: “el Nuevo Liberalismo se oponía a la ilegalidad, y por lo tanto a la promesa de movilidad hacia arriba y de eventual éxito económico, y dejaba cada vez más de lado la crítica a una economía que hacía del ascenso social algo dificilísimo (…) Así, la denuncia moral, que se suponía incluyente —con unas reglas limpias— terminó apareciendo como agresivamente excluyente”.

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