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Las vías de la primera generación

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Mi tío y padrino Mache viajó solo de Ocaña a Medellín en los 70, se graduó de la Universidad de Antioquia y consiguió trabajo en ISA.

Fue el primer profesional de su familia (extensa, intensa) y también el primero en ser empleado estatal. De niña me gustó siempre el nombre de su empresa y me intrigó lo que hacía y vendía: electricidad, que viaja por el país y no pesa. “Se pueden visitar la represas”, me explicaron, “pero la electricidad es invisible”. Aunque no se debe tocar, es la que une a las personas (un camino alumbrado, un teléfono, una red social). Y aunque no huele a nada, sí huele la piel de un hombre, contratista o marañero artesanal, cuando entra en contacto con ella y se quema.

Me he apartado, evidentemente, de lo que quería decir sobre ISA. O Isagén, después de 1994, en que las leyes 142 y 143 reformaron el sistema eléctrico y establecieron que la actividad de transmisión de energía debía estar separada de la generación. ISA se dividió y nació Isagén, que es generador. Pese a que la nueva regulación abrió las puertas a accionistas privados (en la totalidad de empresas de servicios públicos), distintas movilizaciones en el Congreso, las Asambleas, Concejos y sindicatos, atajaron y vigilaron los procesos y en su momento pocos generadores y prestadores de servicios en general vendieron la totalidad de sus acciones (con excepción de la postal de excelencia en distribución que es hoy Electricaribe).

Tras muchos intentos agazapados y frenteros por venderla, no fue sino hasta este este martes que un fondo canadiense se convirtió en el accionista mayoritario de Isagén. Dicen los ministros que es para construir “las vías que son la infraestructura del país”. La frase, repetidísima, es engañosa pues Isagén, un enredo de agua, cemento y energía, no es otra cosa que la infraestructura del país. En contexto de crisis económica, se vende una infraestructura para comprar otra que se prometió con urgencia.

Pese a la bulla, la oposición a la venta no tardará en diluirse. El liberalismo no se saldrá todavía de la unidad nacional y el uribismo no se peleará en serio con Vargas Lleras ni con sus carreteras. El procurador, tan oportuno, es cada día más irrelevante. Robledo y otros insistentes se irán corriendo hacia las esquinas del debate diario. Se construirán los cientos de vías y se cumplirá probablemente la meta de los “350.000 empleos anuales”. Aunque estos (como muchos durante la bonanza de Pacific Rubiales) serán difíciles. A diferencia de Isagén, la iniciativa de las vías no es una empresa con historia, sino una suma desordenada de licitaciones. Pues ya no se persigue la promesa de construir infraestructura nacional en condiciones dignas.

Así, irrumpirá la nostalgia entre carreteras de cuarta generación hechas por concesión. Dirigidas por uniones temporales y remendadas, que contratan aquí y allá, sin regulaciones, prestaciones o continuidad. Amanecerá la nostalgia del tío Mache (y de toda una generación) que levantó sus familias con un contrato a término indefinido, un horario, unas condiciones laborales justas y una historia de movilidad ascendente de la mano del Estado.

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