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Madrugón

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Algún consumo se reprueba.

EL consumo de algunos se sanciona por sospecha. En diciembre, por ejemplo, sube el volumen. La ciudad colapsa entonces, entre pitos y secadores de pelo. Entre música e impaciencia. Pero, si se esculcan aquellos tipos de consumo que inquietan e irritan a pensadores, políticos (con voto “de opinión”) y académicos varios, se encuentran varias sorpresas y situaciones inesperadas.

En salones de belleza, tiendas, estaderos, panaderías y casas de por aquí retumban diálogos de telenovelas. En un ritmo acelerado, interrumpido por propagandas de “Cicatricure”, aprendemos sobre Escobar o Marbelle, las hermanitas Calle a los hermanos Castaño. Muchos reprochan: es homogénea, refuerza el patriarcado, el estatus quo, la visión histórica de la derecha o las élites. Sin embargo, la observación sistemática de la telenovela diurna y en horario estelar comprobará que se trata de un género desigual, traicionero. Que entre la monotonía telenovelera se cuelan reflexiones sobre la justicia social, la cultura popular, el ascenso social. Sobre la enfermedad, las diferencias en un país de regiones y las condiciones de las mujeres que trabajan en el servicio doméstico.

Otro consumo reprobado en la romería del trono moral es el de la luz. En el Caribe urbano el lamento por picós y televisores alumbra los lugares comunes más lamentables. “No tienen ni qué comer y compran DVD”, comenta un señor. “En vez de estar viendo fútbol, deberían estar buscando trabajo”, contestó un empresario ante las quejas de habitantes del sur de Barranquilla, luego de que un apagón les impidiera ver el final de un partido de la Selección. Aunque se percibe como un lujo, la luz es vital. Y la precariedad eléctrica se traduce en una de las exclusiones más difíciles porque está incrustada en la infraestructura misma de la ciudad. No tener energía suficiente para participar en la vida cotidiana impide acceder a la información, a la comunicación, a la música. Afecta la forma de participar en el mundo.

Finalmente, se juzga la compradera. Falabella, San José, San Victorino, San Andresito. “La gente se enloquece comprando”, reza la crítica que recae principalmente sobre familias en tránsito de movilidad social ascendente (no es común ver a poseedores de “plata vieja” empujando hacia la puerta de ningún comercio para acceder a un Madrugón Navideño). “Mi papá me compró unos Nike de 700 mil”, le cuenta un muchacho a su amigo, este jueves en Fontibón: “Yo le dije que no, pero me explicó que me los quería dar porque salían duraderos y los iba a ir pagando con la tarjeta”. Desde disciplinas como la filosofía se revisan percepciones sobre las compras. Más que con egoísmo o individualismo neoliberal, este está ligado a cierta ética del cuidado del otro. A la felicidad de los próximos, a cálculos complicados sobre bienestar, futuro y goce.

La W Radio ayuda a un centro comercial en su campaña anual para regalar una casa a una familia necesitada. La directora de la iniciativa explica al aire que los merecedores de tal honor deben reunir ciertos requisitos. Pues además de protagonizar una historia triste, deben comportarse como una “verdadera familia”. Para ello recibirán asesoría psicológica pues, según explica, muchas de “esas familias” no comparten como “verdaderas familias” y hay que enseñarles, pues ven mucha televisión y están muy enfocados en lo material.

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