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Mal paso

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En el libro «Las invasiones en Colombia”, de 1972, el entonces senador conservador Hugo Escobar Sierra presentó un panorama del “problema agrario” desde las miradas de los propietarios de tierras.

El texto es un apilamiento de sus intervenciones en el Congreso, pegadas con informes de las Gobernaciones, detalles menudos, listados de protestas e inventarios de los pedazos de fincas tomados. Escobar Sierra distingue al comunismo como el “cerebro” de las invasiones realizadas por la ANUC bajo alcahuetería del INCORA y del Ministerio de Agricultura de Carlos Lleras Restrepo. “Instrumentos de presión y guerra para derrotar al propietario”, explica. El senador, años después ministro de Justicia del gobierno Turbay Ayala, cuenta que las fuerzas militares de inteligencia se infiltraban en las reuniones de las Asociaciones de Usuarios para prevenir las invasiones y propone más infiltraciones y consejos verbales de guerra como métodos para sosegar ansiedades agrarias.

“Para trabajar, no importa que el sol está a nuestras espaldas”, dijo Turbay Ayala ya en la Presidencia, durante un viaje a Montería en 1981. En la frase fermentan su rencor y motivos característicos. Concejal de Usme y de Engativá, alcalde de Girardot, diputado a la Asamblea de Cundinamarca, representante a la Cámara y senador, Turbay bailaba seguro en campañas departamentales. Enfrentado al expresidente Lleras Restrepo por la candidatura y la cabeza del liberalismo, se opuso a su programa de reformas y fortalecimiento del Estado. Montado en el país de regiones, hizo carrera sobre un orgullo patrio recio, que celebra al hombre trabajador. Al hombre serio que se reúne con sus vecinos en contra del comunismo, hastiado de las ideas de bogotanos criados en el club.

Un resentimiento tangible, no contra la injusticia del latifundio, ni contra la explotación del trabajo en la ciudad, sino contra una Bogotá vestida elegante que se cree superior. Y contra ideas foráneas que premian el desorden y la vagancia. Tres revistas circulaban por esos días: en una orilla rebelde e ilustrada, la revista Alternativa, en el centro la Nueva Frontera de Lleras Restrepo y sus pupilos, y con empuje y desde otro lado la Consigna, la revista turbayista promocionada como la “voz de los sectores emergentes de provincia”. No sólo diferían en lo que tocaba a la política agraria (los progresistas apoyaban la aceleración de la reforma agraria y la pronta expropiación de tierras, los turbayistas pedían pausa en la redistribución agraria). También chocaban sus visiones respecto a las salidas al conflicto armado: lleristas y progresistas de todos los toldos reconocían que sin superar la inequidad extrema sería imposible asentar una paz estable. Sabían también de la necesidad de una amnistía para todos los actores del conflicto, incluyendo a agentes estatales y militares. El turbayismo, en cambio, se negaba a grandes concesiones, proponía continuar con la confrontación, el gasto militar y el estado de sitio.

En esta competencia, se impuso poco a poco Turbay. Caseta a caseta, a punta de redes largas, directorios, barones electorales avispados y financiaciones importantes, el oficialismo liberal acumuló grandes votaciones. Lleras ganó Bogotá, la abstención subió, Turbay obtuvo mayorías en los departamentos. La popularidad del resentimiento turbayista coincidió con las bonanzas marimberas, mineras, coqueras. Con inyección de capitales aparecieron los “sectores emergentes de provincia” festejados por la revista Consigna. Este pregón derechoso, resentido del centro, aborrecedor del comunismo, turbayista o uribista, que votó y seguirá votando en contra de redistribuciones varias, no es nuevo. Asistió al paramilitarismo. Se junta, a veces, con el conservatismo menos popular. No es un mal paso, es un camino viejo.

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