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Por estos días santos en que se habla de paz, se intensifican los atentados y desplazamientos en el Catatumbo.
Convención, El Carmen, Hacarí, El Tarra, Tibú, San Calixto, Sardinata, La Playa y Teorama están en la mira, y distintos noticieros se apresuran a evaluar la situación.
Tres son algunas de las fórmulas (comodines) que más utilizamos para describir el Catatumbo y que, aunque nacen de un afán de denuncia, le quitan visibilidad a dinámicas, en ocasiones más enredadas, a veces más incómodas, que definen esta región.
“El Catatumbo es otro país” es una de estas fórmulas. Se suele narrar: “Después de horas en Renault cuatro o burro conseguimos con dificultades llegar a ‘la otra Colombia’, donde hay guerra y desorden”. Esta descripción se ciñe no sólo a muchos municipios de frontera, sino a zonas de Caquetá, Guaviare, Cauca, Chocó, Córdoba, e incluso a barrios de grandes ciudades. Y calificando de entrada la región como “distinta”, anulamos la posibilidad de compararla con otras regiones en situaciones similares.
“El Catatumbo es una región indefensa pero hermosa”; ésa es otra de las frases preferidas. Se usa un piropo para suavizar y quizá insinuar que es por bella que la región debe ser tomada en cuenta. Pero un oleoducto no es hermoso. Un oleoducto dinamitado tampoco. Ni la pobreza es romántica, ni los ríos contaminados son bellos, ni la mala gestión del invierno, que empata por estos días con la mala gestión del invierno pasado, es fastuosa.
Y de la presentación de la región como “indefensa”, casi siempre hay un paso a la descripción de sus habitantes como “huérfanos del Estado”. Al pintar a los pobladores del Catatumbo como “víctimas desde siempre”, guardamos silencio sobre décadas de resistencia e intensa movilización por cuenta de organizaciones campesinas. Quedan también en la sombra tensiones entre los campesinos cocaleros y el Ejército, entre el “Estado” de Bogotá y el de Cúcuta.