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Colombia comercia su experticia en seguridad.
La administración Obama elogia al país por su nuevo “producto” de exportación; la prensa internacional lo celebra y el ministro Pinzón se ufana, pues sus fuerzas han capacitado a más de 13.000 personas de 40 países desde 2005. Se vende la experiencia, en forma de cursos, consejos y entrenamientos. Florecen las industrias de armas e indumentaria (el llamado “Armani de la armadura”, creador del babero antibalas, es colombiano).
Al hablar del “comercio de la experticia en guerra” se puede caer en la ilusión de un bien que se comercia, empaquetado y al vacío. Sin embargo, y como cualquiera de nuestros productos de exportación (hay que ver la trayectoria de un banano sembrado en el Urabá), la llamada experticia tiene su propia historia, entroncada en relaciones que distan mucho de cualquier tipo de pureza.
¿De dónde viene esa experticia por la que se nos pide que saquemos pecho? ¿Por dónde circula ese conocimiento? ¿Quién patrocina su enseñanza?
El convertir el aprendizaje y las rutinas de policías y militares en un producto, en una tecnología o conocimiento que se ofrece y se vende, implica, además, una suerte de blindaje. Pues si el mundo entero desea nuestra experticia en seguridad, ello querría decir, también, que esta es buena, ética. O mejor: incuestionable.
Y, como producto, el conocimiento bélico tiene siempre un correlato, un revés. Al tiempo que se exportan tecnologías de seguridad y policías viajan al Perú a educar a sus pares, cruzan las fronteras lecciones de aprendizaje criminal.
Sicarios colombianos viajan a Lima, introduciendo nuevas técnicas y conocimientos sobre boleteo y extorsión.