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«Se dice de mí»

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Además de petróleo, carbón y coca, la telenovela Betty, la fea, emitida en 100 países, ha sido uno de nuestros principales productos de exportación.

La trama es clara. Betty, mujer con brackets y capul grasoso, trabaja como asistente personal de don Armando. Éste, un ejecutivo que bajo presión demuestra una capacidad para el aprendizaje criminal comparable a la de un galán de narconovelas, urde una estratagema para timar a sus acreedores y socios. Para ello recibe la ayuda de Betty, que lo ama y acepta firmar papeles en los que se dice dueña de una empresa ficticia. Cuando son descubiertos y la cosa se pone difícil, Armando rompe en llanto sin defender a Beatriz, que es sancionada y acusada por la poderosa parentela de su enamorado de haber tramado todo.

Entretenidos como estuvimos en semanas pasadas con la historia del Bolillo, los colombianos dejamos pasar sin mayor comentario una historia similar.

Juan Dávila, corredor de bolsa y finquero desde la cuna, ve en peligro sus hectáreas de palma y hace lo posible por salvarlas. Para ello recibe la ayuda de Valerie, bella actriz, quien va a casarse con él y acepta firmar papeles en los que se dice dueña de una finca ficticia. Cuando son descubiertos y la cosa se pone difícil, el galán guarda silencio sin defender a su novia, quien hoy es acusada por la Fiscalía, con la ayuda de Dávila y su influyente clan.

No es mi intención victimizar a la actriz, quitándole la capacidad de decidir como si fuese un cachorro indefenso. Betty, Valerie o cualquier novia de delincuente clásico o yuppie avispado, que firme papeles sin leer, sabe que hay algo ilegal en su complicidad. Pero hay que reconocer (¿por qué no?) que esta complicidad está mediada por complejos chantajes emocionales. Y, en cualquier caso, tanto Betty (que recibió el perdón nacional) como Valerie (que recibió la rechifla) son ante todo el daño colateral de familias acostumbradas a los finales felices.

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