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Fueron varios los oyentes que, en el marco de distintos homenajes radiales, llamaron para interrumpir el flujo de elogios manifestando al aire su rencor hacia Gabriel García Márquez.
Que no los ayudó con el agua, la luz o la pavimentación. No se trataba de políticos o personajes públicos buscando polémicas, sino más bien de habitantes que daban su opinión.
La razón de que personas en municipios de Magdalena, Atlántico o Bolívar le asignaban tareas estatales a una sola persona (equiparando la añoranza por un Estado de bienestar con las supuestas responsabilidades de un coterráneo) amerita bastante discusión y no es el objeto de esta columna. Sin embargo, es posible imaginar cómo algunos de los usos que se le dieron a la obra de García Márquez durante las últimas décadas pudieron perpetuar ciertas desigualdades en la costa norte del país. Cómo algunas interpretaciones de sus libros, transformadas en proyectos políticos, contribuyeron (muy a pesar de García Márquez) a consolidar situaciones de injusticia.
Algunos, por ejemplo, usaron su obra para esencializar la región y hablar del Caribe como un territorio de paz y jolgorio. Hay quienes han puesto en marcha, a partir de una lectura que es preciso cuestionar, un proyecto de promoción de una cultura caribe tradicionalmente alegre, despreocupada, mágica, exótica y feliz. José Antonio Figueroa describe cómo mientras en departamentos de la Costa se vivían momentos de intensa movilización social por tierras y se denunciaban despojos y violentas represiones, distintas élites político-periodísticas bogotanas y costeñas, principalmente liberales, apoyadas en la obra y el creciente éxito de García Márquez, “llevaron a cabo una campaña cultural que retrataba a la costa Atlántica como el emporio del tradicionalismo, del pacifismo, del sensualismo y de la espontaneidad”.
Se imaginó a hombres y mujeres caribes como pacíficos habitantes que se toman con calma y sin cuidado sus propias carencias socioeconómicas. Para Figueroa, este proyecto contribuyó a deslegitimar las demandas del movimiento campesino y permitió el fortalecimiento de poderes locales armados. Mientras se presentaba al Caribe como epicentro turístico de la paz, se gestaban y desarrollaban secuestros, confrontaciones, masacres. Muchas veces de unos caribes contra otros caribes.
Lo que nos lleva a un segundo problema, que emana del mismo tipo de aprovechadas lecturas de la obra de García Márquez. De lecturas que suprimen la mirada crítica del autor, que lo domestican. Es el problema del “Caribe” mismo como categoría tramposa, que supone una ilusión de homogeneidad e igualdad en una sociedad visiblemente vertical, de racismos cotidianos y exclusiones básicas (como las del agua y la luz). Elizabeth Cunin escogió la declaración de uno de los promotores del Festival de Música del Caribe para ejemplificar este fenómeno: “La esencia del festival se encuentra en el mundo caribe, ese mundo indisciplinado, ilógico, simple, tenaz, turbulento, sincero y feliz (…) se supera la era del blanco y negro para ingresar a la época moderna, la del color. En Cartagena, todos somos un poco negros, esa es la raza caribe”.