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Crecen las experiencias de indignación y desprecio contra el llamado voto de maquinaria. Estas dan cuenta, como siempre, de la brecha de décadas entre la política respetada por élites mediáticas, económicas e intelectuales y la otra, la de esconder, con gran capacidad para agregar votos.
Así, pululan los párrafos, titulares y arengas radiales que denuncian la existencia de dos tipos de voto. Uno “de maquinaria”, que según expertos “se evidencia cuando el ciudadano cambia su sufragio por un cupo escolar, por dinero o por un insumo de construcción, entre otras. Se da sobre todo en pequeñas poblaciones en zonas rurales, aunque, por ejemplo, se ha visto en grandes centros poblados de regiones como la costa Atlántica”.
La alternativa es el voto de opinión. Este, dicen los diagnósticos, es uno “informado que, generalmente, está relacionado con un nivel académico y socioeconómico relativamente alto. Incluso, con un rango de edad entre los 18 y los 45 años, relacionándose así con una edad productiva”. Otra analista política lo ubica en el espacio y el tiempo: “Se da sobre todo en las ciudades, porque allí convergen ciudadanos de distintos orígenes y realidades, con menos posibilidad de que se les restrinja su libertad de elegir. Es un voto más moderno”.
A un voto de opinión, libre, urbano y moderno se le contrapone uno atrasado (¿del pasado?), rural, costeño e interesado. Esta dicotomía, como muchas otras, es artificial, resbalosa, tramposa. Antes que nada, hay diferencias grandes en el interior del supuesto conjunto homogéneo de votos de “maquinaria” que se ensancha cada año. Están los votos bipartidistas y los de la U con el Estado como botín, los del uribismo y los de candidatos amigos de ejércitos privados (que pueden endosarse a cualquiera de los anteriores).
El voto de estas mayorías se estigmatiza, se les recuerda diariamente que su elección es “de ladrillo” (para parafrasear a María Isabel Rueda), de “verbena”, de “caciques” (que son los que dirigen a los “indios”), o de “TLC” (tamal, lechona y cerveza). Que no tienen la capacidad de formar una opinión. Esta estigmatización no sólo es en extremo agresiva, sino que pasa por alto tantas afinidades ideológicas.
Afinidades que pueden alimentar incluso a una red clientelista (o convivir con ella). Una población puede asumir el voto pragmáticamente y paralelamente llevar sus demandas organizadas ante el Estado en otras arenas (si no tengo energía eléctrica en mi barrio, puedo acordar mi voto a cambio de que me estiren un cable; al tiempo seguiré hurgando en la Constitución, entutelando, protestando en comités de vecinos). Las redes de maquinaria exigen, además, cierto nivel de complejidad: vecinos se organizan y negocian unos votos con cierto margen de maniobra y no pocas opiniones. Pero sobre todo, varios de estos votos (así sean comprados) beben de una identificación con el candidato o su representante en lo local, a través del resentimiento. El resentimiento, motor nacional, puede ser de clase y regional: una identificación con quien no se cree superior y también se siente excluido. Con quien dice venir de abajo, o de lejos de Bogotá.