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En ciudades de la costa norte de Colombia son comunes las explicaciones que aluden a la comunidad como principal responsable de sus propios problemas.
Este tipo de afirmaciones se suelen hacer vía insinuación y de manera solapada. Si hay problemas en el suministro de agua en un barrio de estrato uno o dos, algún empleado de la empresa respectiva saldrá siempre con la puya: “pero es que no ahorraron y desperdiciaron lavando patios, calles, perros”. O cualquier cosa que indique que de alguna manera el barrio se merece su suerte.
Un ejemplo puntual de este tipo de insinuaciones se presentó esta semana en el barrio Nelson Mandela, de Cartagena. “En todas las viviendas hay elementos inservibles y lo que están haciendo es criar mosquitos”, declaró de mal genio un funcionario. “Hace como dos meses hicimos el llamado y no se motivaron a sacar sus inservibles”, complementó otra, como insinuando que la propagación del virus chikungunya es responsabilidad de la propia gente en riesgo de contraerlo.
Pero quizás en el caso en que más se usan estas explicaciones es en el de la subnormalidad eléctrica. Como subnormales son calificados todos aquellos barrios sin redes eléctricas de calidad, cuyos cables han sido expandidos por la propia comunidad a través de colectas o con la ayuda de políticos locales. Sobre el fenómeno, el Estado, la empresa privada Electricaribe y los medios repiten siempre tres narrativas.
La primera es la de la caridad. “Se estima que con la subnormalidad de la energía la empresa Electricaribe pierde más de 200.000 millones de pesos, los cuales no son recuperables”, declaró algún vocero en estos días. Otro explicó que la empresa creó la filial “Energía Social” para ayudar a los “subnormales” que se multiplican cada día. Estas declaraciones, que se repiten de manera idéntica cada año, dejan la sensación de que la empresa es casi una ONG, pues pierde toda la energía que se consume en estos barrios. (Lo que es impreciso: toda la energía distribuida, así sea a través de las redes más artesanales, se contabiliza, y el Estado subsidia una grandísima parte de este consumo. A las casas llegan recibos mensualmente y hay planes de pago).
La segunda es la de la cultura. “Los inconvenientes más frecuentes en algunas zonas tienen que ver con la cultura del no pago”, aseveró esta semana un vocero de Electricaribe. El viceministro de Minas y Energía de Colombia dijo lo mismo y añadió que: “Uno se sorprende cuando comprueba que a un usuario le llega una factura de 50.000 pesos, pero tiene un subsidio de 40.000 y con todo y eso no paga los 10.000 que le tocan”.
La tercera es de desconfianza. Esta levanta suspicacias sobre los motivos ocultos de los habitantes que se estarían aprovechando (en una suerte de complot de los barrios informales) de la empresa o el Estado. “La subnormalidad se ha convertido en un negocio”, insinuó por ejemplo el gerente general de Electricaribe. El gerente comercial complementó el recelo: “Si se camina por los barrios subnormales de Soledad, cada cuatro casas hay un estadero o un billar”.
La falsa caridad, las explicaciones culturalistas o la desconfianza permanente ante las comunidades. A eso se reduce el universo de posibles explicaciones.