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En 1992 intelectuales colombianos, liderados por Gabriel García Márquez, escribieron una carta pública a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar. En ella, además de declarar su rechazo a la violencia y a la combinación de formas de lucha, los artistas, académicos y periodistas, repiten que la guerrilla se ha quedado afuera de la historia nacional.
Los frentes guerrilleros, de acuerdo con la carta, caminaban hacia atrás (“en sentido contrario de la historia”) y carecían de “vigencia” en la historia. Las frases, entre argumentos plenos de sensatez en contra de la subversión armada, no anuncian gran novedad en el contexto de frustración y desengaño de comienzos de los 90. Sin embargo, al leerlas y oírlas en cuanto titular de entonces, estas frases escurrieron una sentencia difícil. Una sentencia espinosa, que quizá sigue vigente: los pensadores más influyentes, forjadores del sentido común patrio, afirmaron que el pasado y experiencias de un grupo de colombianos (aproximadamente 8.000) no pertenecían más a “la historia”.
Quedaban así excluidos de “nuestra” historia. Una principal y enseñada, que no sólo aprendemos en la primaria y el bachillerato, en los manuales de Editorial Norma y las izadas de bandera. Sino que se recita también en Caracol Radio y el Noticiero Todelar. En las Mañanas de La W, las de Jota Mario, las de Jorge Alfredo. En Tele Antioquia y Tele Caribe, en las emisoras universitarias y las comunitarias. En las telenovelas. Desde los chismes de narcotraficantes en ejercicio, hasta la vida familiar de los Castaño, pasando por la Parábola de Pablo, se cuentan muchos relatos sobre la historia reciente, pero ninguno sobre la guerrilla rural. Las Farc E. P. quedaron lejos del foco de la representación televisiva y los tableros del colegio.
Podría pensarse que se trata de un problema de información. De hermetismo de los comandantes y ausencia de reportajes. Pero no es este el caso. Cada diálogo, tregua y conferencia legó un montón de papel sobre la historia del grupo. Hay también diarios personales escritos a mano, canciones, obras de teatro, historias varias y manifiestos políticos que fueron publicados sin bulla por editoriales pequeñas y por Oveja Negra.
En ellos se pueden rastrear continuidades. Las propuestas sobre reforma agraria con peticiones de tierra, agua para regar, semillas y vivienda campesina, figuran en los “Cuadernos de Campaña” de Manuel Marulanda (de 1952), las declaraciones de Marquetalia (1964) y los acuerdos de La Uribe (1984). Lo mismo sucede con ideas sobre vivienda popular (planeada por juntas de acción popular), educación gratuita (incluyendo la universitaria). Se pueden rastrear también rupturas y cambios, de un discurso inicial contra el narcotráfico a una participación en la cadena productiva; de un respeto por la autonomía y tierras indígenas a un descuido y un maltrato de las autoridades tradicionales.
Se encuentran reflexiones críticas: Marulanda reflexiona sobre los peligros del sectarismo o sobre la posibilidad de abandonar el secuestro, Jacobo Arenas recuerda los días de la Segunda Conferencia, en los que el grupo contaba con pocos fondos (“en aquellos tiempos sí teníamos sentido proletario del dinero”). Y algunas paradojas, pues, en momentos de “lucha frontal contra el Estado”, se pedía (al mismo tiempo) mayor presencia estatal (apoyo al Plan Nacional de Rehabilitación, construcción de carreteras, escuelas, puestos de salud).
Es el velo sobre esta historia (con sus personajes, ideas, arrepentimientos, desacuerdos y momentos) el que empezará a levantarse rápido o despacito a partir de ahora.