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JESÚS SE MUEVE POR LA CIUDAD. Entre la ciudad también: pues arranca en Malambo, madrugado, y cruza hasta algún barrio de Barranquilla. Pese a que siempre hay brisa y nunca trancón, el trayecto en cicla es trabajoso por lo largo. El calor después de diciembre empieza temprano y quien pedalea debe estar pendiente de carros, buses y mulas por cualquier carril. Por momentos, el camino se asoma como penitencia, sobre todo después de la jornada, en el regreso a la casa. Jesús se mueve en una línea (derecha o curva) hasta una obra de construcción y de vuelta, pero una vez en su destino, no se mueve tanto. Sube o baja, en andamios, con su casco. Si hay desorden de la constructora, puede que tenga que quedarse a dormir. Terminar de afán. Si hay escasez de trabajo se mueve menos, el desempleo lo ancla en dos o tres puntos cercanos entre sí.
Su esposa Elsa, cesarense que vino a Malambo porque las primas le consiguieron días de trabajo como empleada doméstica en Barranquilla, no va al trabajo en cicla. Se mueve en bus por varios barrios (quizás ha estado dentro de los apartamentos que Jesús ha ayudado a construir). No podría llegar cansada, ni empapada en sudor. Como trabaja con comida y niños, tiene que tener el pelo apretado en moño y cambiarse la ropa antes y después de salir. Ella camina: va a la Olímpica (así sea lejos o empinado), pasea al perro ajeno, recoge los niños en porterías y piñatas, sube y baja en ascensores. Por la noche vuelve y el viaje puede ser angustiosamente largo —cuando va tarde por planchar, o porque se alargó el costurero de la señora—.
Como familia, Jesús y Elsa siguen rutinas apretadas. Una vez cada tanto, el milagro de una moto amiga les permite darles un tijerazo a sus trayectorias para ir al mar, en una playa cercana que todavía no sea de alguien importante. En sus idas y venidas el país se mueve rápido o despacio, en carro, con chofer, en buseta, mototaxi, lancha. Las vías de asfalto las usa toda la gente, pero de manera diferente. Hay quien va tranquilo, quien sufre preocupadísimo por llegar tarde al trabajo. Quienes van más despacio por decreto: antes de Petro, en Bogotá, volvían todos los barrios de menores ingresos lentamente, por la carrera Once. Como nos explican algunos geógrafos, a través del movimiento diario se siembran y se cosechan desigualdades y diferencias.
La profesora Amy Ritterbusch nos narra una historia de inmovilidad, injusticia y claustrofobia nacional. Su trabajo en investigación participativa, brega cotidianamente por hacer de la academia un lugar menos fastidioso, ingrato o pretencioso. En proyectos con grupos de trabajadoras sexuales transgénero, Ritterbusch y su equipo persiguen el propósito de agarrar, reclamar, añorar la ciudad.
Las trayectorias pasadas y presentes, de estas mujeres provenientes de cuanta región colombiana, nos enseñan sobre las paradojas de los movimientos. Paramilitares y otros las forzaron a salirse de sus barrios y regiones. Todas anduvieron en municipios (de donde las volvieron a sacar) antes de llegar a Bogotá (Ocaña, Aguachica, Bucaramanga, Bogotá). Una vez en Bogotá, se vieron confinadas a cuatro cuadras del barrio Santa Fe. Adentro están a merced de la Policía y la limpieza social. Afuera de estas cuatro calles el castigo suele ser peor.