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Una mano en la cabeza, puesta en la oreja derecha e inclinada hacia la izquierda.
Otra mano al lado contrario, agachada a la derecha. Sin importar el contexto o población que recibe la vivienda subsidiada (incluso si se trata de un acto de reparación a familias devastadas por grupos armados), debe hacer quien la recibe un techito celebratorio con las manos. “Miren la dicha de las familias que desde ahora tienen techo”, anuncia el vicepresidente vía Twitter. Durante esta semana que acaba anunció que “no podemos perder ni un solo día en trabajar con Peñalosa”. E inventarió, como lo viene haciendo desde 2012: “Alegría al entregar casas gratis a adultos mayores, madres y desplazados. Nuestro mayor premio”. Desde que regañó a beneficiarios por colgar afiches de la competencia en los comicios presidenciales (“¡Necesito que nos ayuden, unos afiches de nuestros contradictores, esto no puede ser!”) el país da por sentado, sin asombro, la conexión entre casas gratis en los márgenes de las ciudades y éxitos de Cambio Radical.
Primero había que asistir a los eventos de campaña, reclamar un código, buscar un computador, entrar a la página “hogares felices”, inscribirse. El nuevo alcalde de Bucaramanga, el ingeniero exitosísimo Rodolfo Hernández, prometió que, de ser elegido, 20.000 ganadores recibirían tierra para levantar vivienda a bajo costo y legalmente. Tras años de PIN y liberalismo el alcalde reniega de los políticos. Su hermano y mano derecha afirma que defenderán a los pobres honrados y que defenderán la ética con estética: “Cuando se va a un concierto de música clásica de alto nivel, ¿usted cuándo ha visto que se insulten o se agarren a botellazos? Nunca (…) pero, ¿qué pasa cuando uno se enfrenta a lo vulgar? Se produce lo opuesto, se exacerban las pasiones. Por eso nadie quiere tener una cantina de rancheras al lado de su casa, porque sabe que tarde o temprano se agarran a botellazos o puñaladas o a tiros. Todo lo que usted haga, así sea un paradero de bus, tiene que ser estético”.
Tenía el interesado que pagar una plata en las oficinas y entablar una relación personal de reciprocidad con John Jairo Torres para ganarse una de las 10.000 casas de la Ciudadela La Bendición. Torres, señalado como testaferro del narcotráfico y preso hoy por urbanización ilegal, es el nuevo alcalde de Yopal. Más que una excepción, Torres es exponente de un Estado local paramilitarizado que se explaya, desde hace varios años, por Casanare.
Tres hombres suturando barrios. Vargas desde la política electoral partidista, Hernández desde la anti política mockusiana y la filantropía, y Torres desde la política electoral armada. Todos construyen la infraestructura del posconflicto, la que contendrá a la población que algunos llaman “flotante”. A las familias que, en lenguaje oficial, son “víctimas del clima o la violencia”. Aunque se trata de iniciativas muy distintas, tienen en común un cierto desdén por la disidencia y por la voz de los otros. Es decir, para acceder a la vivienda hay que pagar el precio de docilidad en variadas escalas. Desde Yopal, en donde la rebeldía contra el benefactor armado podría quizá costar la vida. Hasta Bucaramanga, en donde se espera que, por recibir la casa, la familia guarde una sobriedad determinada (no “vulgar”). Pasando por el territorio nacional, en donde además de los votos y las morisquetas de agradecimiento, se espera cierta conducta, entre la lealtad y la obediencia.