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“El mar lo tenemos a escasos cuatro metros de nuestras casas”, expuso la lideresa bonaverense Francia Guaitotó esta semana, “muchos de nuestros vecinos en Piangüita, La Barra y Juanchaco han tenido que desplazarse hacia partes más altas porque las olas les destrozaron sus casas”. En un proceso de ritmos constantes y predecibles, el ir y venir de las olas del Pacífico ha empujado la línea costera de estas playas más de 26 metros en la última década. Guaitotó explicó cómo el agua no se ha llevado solo las casas, sino también las siembras: “El agua se adentra en nuestras casas, nos daña los electrodomésticos. También se nos ha llevado los quioscos y ha destrozado los cultivos”. En algunos casos, las instituciones gubernamentales locales combaten la erosión tras la destrucción, reubicando a las familias “en viviendas prefabricadas con láminas de acero donadas por la Fundación Sociedad Portuaria”.
“La casa está a punto de irse, ya el baño se me fue. Yo no puedo dormir bien porque el mar está muy fuerte y uno siente es el agua entrando a las casas”, contó una de las habitantes de Tierra Bomba el pasado mes de octubre. En la isla, hombres y mujeres trabajan apilonando cotidianamente tierra, troncos y llantas de camiones para ponerle tranca al oleaje del Caribe. “El marido mío trabaja, pone piedras ahí, hace cosas con maderas, pero todo eso se lo lleva el mar”, añadió una de las mujeres cuyas casas están siendo arrasadas en cada tormenta. Y hace algunos meses, en la radio nacional, una mujer de la comunidad raizal explicó cómo el agua no se ha llevado solo las casas, sino también los muertos: “Con mucho esfuerzo trabajé yo para hacer esa casa y el mar se la llevó. Vea que me quedé sin nada. Igual con el cementerio. Mi abuelita y mi abuelito no se sabe a dónde quedaron porque el mar se llevó todo eso”.
Entre tanto, la población espera la continuación de algunas obras de protección costera que se iniciaron a comienzos de 2019 y quedaron a medias (debido, según el Distrito, a “falta de recursos para continuar”). “Se me cayó una pared y me tocó salir corriendo con mis hijos para acá, para donde otra hija, y nosotros estamos esperando y esperando a que nos hagan las obras y nada. Pero como dice el dicho: ‘al que no le cae la gota no siente el agua’. ¿Hasta cuándo?”, denunció otra de las mujeres entrevistadas en medios.
Tanto en el Caribe como en el Pacífico, las comunidades (en gran mayoría afrodescendientes) se resisten sobre todo al desplazamiento hacia las tierras altas, que conduce a un futuro a merced de la caridad, en viviendas improvisadas que no escogieron, y acarrea el fin de las rutinas y las tradiciones de vida. “Estos desplazamientos están generando graves cambios en nuestra dinámica cultural. Los niños y pescadores que ahora viven más atrás dicen que extrañan mucho vivir a orillas del océano”, resumió Francia Guaitotó.
La subida en los niveles del mar, una de las consecuencias más tangibles del calentamiento global, impacta todos los días a las comunidades que viven a menos distancia del nivel medio del mar. Así, numerosos estudios advierten sobre el peligro que se cierne sobre islas, deltas y playas perdidas, cuyas edificaciones están cada vez más expuestas al impacto directo de las olas de no tomarse medidas de protección costera. Estas medidas se toman hoy de manera asimétrica a lo largo de las costas nacionales, priorizando unas playas sobre otras. Como en cualquier decisión medioambiental, las desigualdades entre la mayoría de las poblaciones negras y otros grupos más poderosos en el acceso a oportunidades para construir infraestructuras adecuadas son a la vez un resultado y una causa de la erosión costera.