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El Sindicato de Agricultores de Ayacucho le escribió al presidente Lleras Camargo en 1960 sobre la situación de Ayacucho, municipio de La Gloria, Magdalena. Los remitentes denunciaron los abusos del terrateniente Alberto Marulanda Grillo. “Los agricultores, que lo son en su totalidad los habitantes de la región, no tienen un pedazo de tierra donde trabajar mientras que dicho señor tiene miles y miles de hectáreas de montañas vírgenes que hace diez años le fueron adjudicadas, sin que haya cumplido con los requisitos de ley de explotarlas debidamente”, afirmaron. Contaron que, tras consecutivas denuncias, funcionarios intervinieron desde Bogotá y en 1956 se adjudicaron algunos predios a los locales. Marulanda y su esposa prometieron entonces que respetarían las tierras de la población. Tres años después incumplieron. Bloquearon caminos, falsificaron promesas de compraventa, cercaron a la brava. En la carta se describen los itinerarios de despojo: “Cerramiento del camino que conduce al terreno del miembro de este sindicato señor José, buscando con ello, como lo acostumbra, obligarlo a que le venda (…) trabajos de tumba en los terrenos donde están establecidos los miembros de este sindicato, habiéndose presentado varios empleados del señor Marulanda haciéndolos salir por la fuerza; es decir, con carabina en mano diciéndoles que la orden era que si no salían les echarían plomo”.
El Sindicato de Agricultores del Norte del Cauca le escribió al presidente Lleras Camargo en 1960 sobre la situación de Tierradura, municipio de Miranda, Cauca. Ante la situación del “campesinado desesperado por la asfixiante situación económica”, el sindicato apela a “la vieja aspiración sobre parcelación de tierras, a fin de atender no solamente a las necesidades de los desplazados por la violencia, sino también a las mil y más familias que por el aumento del índice de población no tienen donde forjar su independencia económica”. La carta explica cómo las promesas de redistribución de tierra culminaron con la consolidación de la hacienda de Harold Eder. Esta, que en un principio tuvo vocación ganadera, se ensanchó alrededor del río Las Cañas, de cuya canalización y drenaje dependían los terrenos colindantes. “Dicho señor Héder (sic) ha sido remiso al entendimiento con el gobierno del Frente Nacional para el logro de una posible parcelación del aludido latifundio”, denuncia el sindicato. “Él es uno de los más grandes terratenientes del país y, desconociendo el interés social que tienen miles de campesinos sin tierra y la Ley 20 de 1959 sobre parcelación, acaba de invertir más de 500.000 pesos en maquinaria agrícola y se ha precipitado a arar dicho latifundio precisamente para impedir cualquier negociación”.
El representante a la Cámara por el Partido Conservador Eugenio Gómez Gómez pidió la palabra en 1959 durante el debate acerca de la reforma agraria consignado en los Anales del Congreso. Además de algunos apuntes reaccionarios, su intervención se concentró en una preocupación válida frente a la empresa colonizadora que por entonces fomentaba el Estado. La llamada conquista de baldíos (cambios en la tenencia de tierras que no molestaran a los ricos de siempre) fue parte clave en las reformas puestas en marcha durante el Frente Nacional. Las reformas, previno Gómez Gómez, impulsaban al colono a moverse, buscar, empezar. Pero no lo acompañaban en esa búsqueda. “Cómo vamos a cometer el delito de coger a un grupo de colombianos y tirarlos a una ladera lejana a producir donde no hay consumo y donde no hay vías de comunicación para traer ese consumo y sin decirles qué van a producir y dónde están los mercados. De manera que ese es un proyecto loco, no tiene base”, apuntó.
Estos fragmentos representan el nudo de nuestros problemas. No de tierras, sino, en general, de redistribución e injusticias históricas. El primero, sobre la familia Marulanda en el norte del país, sus hectáreas y vocación acaparadora, que en los 90 derrapa en la masacre paramilitar, es uno que encuentra continuidades en la impunidad de los empresarios que patrocinaron el paramilitarismo. El segundo, sobre de los ingenios del norte del Cauca, cristaliza hoy con la timidez de la Reforma Rural Integral (que no pone suficientes frenos a la acumulación de baldíos). Y el tercero, que a modo de premonición advirtió sobre la soledad de los colonos, que en tantos sentidos explica el presente cocalero.