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– Oites Maruja, yo con mucho gusto te acompaño a la marcha del jueves pero te pido el gran favor de que mientras marchemos no mentemos paracos ni guerrilla ni mafiosos ni políticos ni delincuentes comunes…
– ¿No querés que hablemos de actualidá colombiana?
– Nanay… Hablemos cosas de nosotras, de nuestra vida íntima.
– Dejá de hablar pajarilla Tola que vos tan vejestoria ya ni tenés vida íntima… A ver, contame ¿cuándo fue la última vez que tu marido te agarró la mano?
– Hará como tres años, que me quitó el reloj pa empeñalo.
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– ¿Vos y Ananías todavía duermen juntos?
– Cuando vamos a cine, que nos penquiamos al mismo tiempo.
– ¿Vites?… Ya ustedes dos no son pareja sino parientes.
– Es que la pareja la daña es Ananías, que le falta sentido de pertenencia.
– La relación cambia Tola y uno termina es amiga del marido… ¿Vos tenés una relación de amistá con Ananías?
– Muy bonita… Mi marido me cuenta todas sus cosas… En estos días me confió un secreto: que me aborrece.
– Es normal, Tola… El matrimonio se vuelve una relación de amor y odio y uno tiene es que saberla llevar y mantener guardados cuchillos y tijeras.
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– La clave del matrimonio es no caer en la rutina… A mí por ejemplo me gustaría conseguir muchacha del servicio pa volver a sentir celos de mi marido.
– ¿Sabés Tola qué aconsejan pa revivir la pasión en el matrimonio? Tener siquiera cada cinco años una luna de miel con la pareja.
– Pura carreta… Yo tuve luna de miel con Ananías hace dos años y me supo a cacho.
– ¿Luna de miel? ¿Y por qué no me habías contado?… Me parece el colmo Tola que me contés una cosa tan trasnochada… Pero dale, contá… Más vale tarde que nunca.
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– El año antepasado los hijos nos regalaron una luna de miel en Melgar… Yo les dije: cuál luna de miel ni qué ocho cuartos, su papá ya no sopla… Entonces Esneda, la mayor, me dijo: pues aunque sea conversan, amá, ustedes que ya ni se hablan.
– Claro, lo que llaman seso oral, que es más seguro.
– Entonces nos fuimos en un plan de hotel medio día-una noche. Y llegamos al hotel y ahí tuvimos el primer agarrón porque yo le tengo terminantemente prohibido a Ananías dar propinas y el pendejo le dio una moneda de quinientos al botón del hotel.
– ¡Quinientos! Hum, media bolsa de leche o una libra de sal.
– Ananías ya venía harto copetón: tenía su media de aguardiente entre pecho y espalda.
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– Muy emocionante otra luna de miel, sobretodo uno tan traquiao, como es el caso tuyo… ¿No estabas nerviosa?
– Claro que estaba, pero no por "aquello" sino porque me daba susto que a Ananías le diera por coger alguna botella bien cara del mini bar.
– Es que un borracho no tiene medida de las proporciones y todo le parece barato, hasta el Predial.
– Entonces Ananías me dijo que se iba a tomar el viagra y que se iba a pegar una recostadita mientras le hacía el efecto.
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– ¿Viagra? ¿Tu marido toma eso?
– Primer vez que tomaba… Inclusive me dijo que por precaución se iba a tomar no más media pastilla, pero yo le dije: bóguesela entera, mijo… Lo que ha de ser, que sea.
– ¿Y entonces?
– A este carajetas le dio por probar a qué sabía la bendita pepa y en vez que tomásela, se la chupó… ¡Y se le entiesa la lengua!… Ni pudimos conversar.
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– ¿Y qué hicieron después?
– Como el plan no incluía alimentación, nos salimos pa la manguita a comenos el fiambre.
– ¿Y miraron la Luna?
– Yo sí, pero Ananías no llevó las gafas.