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Si nos permiten, Tola y yo queremos hacer crítica de cine, aprovechando que vimos las mentadas películas Roma y The Smiling Lombana.
Nosotras vamos harto a cine porque no hay diversión más mamey: te aplastás en una silla a que te entretengan hora y media, que es lo que debe durar una película… lo que se demora en llenase la vejiga.
Ver cine es muy galleta porque es soperiar la vida de los otros por una ventana, y con la ventaja que como la sala está oscura los de la película no lo pueden ver a uno.
Tola y yo cargamos nuestras propias crispetas porque las de los teatros son muy dulces o muy saladas, y también llevamos tamales, que no hacen ruido al destapar.
Fuimos a ver Roma creyendo que era la Roma Roma, y que seguramente mostrarían al papa Pachito. Nanay cucas, ese tal Roma es un pinche barrio mejicano.
La historia es de una familia de modito que tiene dos “empleadas” (no podemos decir “sirvientas”): una dentrodera y una cocinera, cuyo desempeño en las labores domésticas deja mucho qué desear.
La película empieza con la dentrodera Cleo lavando el piso, y Tola y yo haciendo fuerza porque la descarada tira agua como si ella pagara la fatura. Ahí están pintadas…
Cleo es muy alcagüeta con los niños de la casa, y por estar jonjoliando esos cursientos descuida los destinos y mantiene el garaje tuquio de bollos del perro, ¡gas!
Muestran la cocina y Tola y yo nos fijamos y vimos los vidrios empañaos de grasa, como si no hubieran dos tatabronas pa limpiar. Y todo porque la patrona les dio confianza.
Hablando de la patrona, vuelve el carro una melodía bregándolo a meter al garaje, lo que comprueba que las mujeres somos negadas pa parquiar, y más si estamos entusadas y el carro es del hijuemadre.
En fin, Roma nos hizo sufrir mucho a Tola y yo porque toda la película estuvimos pendientes de la limpieza y pensando lo duro que es conseguir una buena sirvien… fámula. Eso sí, Cleo es la honradez en pasta.
Pasando a la película De Esmilin Lombana, de la berriondita Daniela Abá, es la historia de su agüelo materno, Tito Lombana, un escultor ahíto de talento que se pudre en la plata.
Esta película nos gustó porque es muy fácil de ver y porque Tola tuvo un nieto “mágico”, Díler Alonso, que era gastón con la familia, y fulero, como Tito.
Una vez Tola le preguntó cuál era ese trabajo en que ganaba tanto billete y Díler Alonso le dijo que vendía un polvo blanco que les encantaba a los gringos, pero que tocaba llevalo de contrabando.
A Tola le pareció un negocio muy noble: alguien vende algo que a otro le gusta. Y cuando le preguntaban a Tola en qué trabajaba su nieto, decía que era contrabandista.
Y pa Tola, y muchos colombianos, un contrabandista era una persona que se arriesgaba en la aduana pa vendete las cosas más baratas: práticamente un mecenas.
Pero los gringos empezaron a hacele la guerra a los contrabandistas del tal polvo y el negocio se perratió y vinieron los muertos. O sea, la prohibición lo volvió criminal.
Ah, pero De Esmilin Lombana no es una historia de mafia: es la tragedia de un príncipe encantador que casi termina convertido en sapo…
Ñapa. La patrona a su empleada: Orfa, ¿vos te choca que te diga sirvienta? No, mientras sumercé me trate bien y me pague lo justo me puede decir hasta guisa.
Ñapita. Si ese polvo fuera legal, Díler sería un respetable CEO.