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DESDE HACE AL MENOS UNA DÉCAda, suelo medir la temperatura de la inasible realidad estadounidense por lo que indican los termómetros de Highland Park, el pueblo de New Jersey donde vivo. Aunque Highland Park no refleja en absoluto el pensamiento y las costumbres de la mayoría es muchísimo más liberal que cualquier núcleo urbano de Texas o Arizona, por ejemplo tiene la ventaja de su pequeñez.
Las mudanzas en el humor nacional repercuten aquí de modo tan inmediato que se vuelven transparentes. Los demócratas han ganado las 12 últimas elecciones, pero nunca un candidato mestizo ni latino ha ocupado puesto alguno. Por su tamaño y demografía, Highland Park guarda cierta semejanza con Wasilla, el pueblo de Alaska en el que Sarah Palin hizo casi toda su carrera política. Tanto en Alaska como en New Jersey el alcalde es mujer y la fe religiosa es la brújula de la vida.
Una diferencia notable es que, mientras la candidatura de Palin mantiene a Wasilla en constante efervescencia, en Highland Park los nueve meses de sonora campaña electoral han dejado pocos temas sin agotar y han sumido a los ciudadanos en una fatigada indiferencia. La última chispa brotó durante las primarias demócratas.
Nadie duda de que Obama arrasará a John McCain en Highland Park y que los resultados en Wasilla serán exactamente los inversos. Obama sorprendió a todos al aceptar su candidatura en Denver con un discurso limpio de retórica y de apelaciones demagógicas, en el que por primera vez desde el comienzo de su larga campaña mencionó datos concretos de su programa de gobierno y enfrentó con firmeza las acusaciones republicanas sobre su inexperiencia y su ignorancia de la política internacional.
Obama puso énfasis en los catastróficos efectos que podrían tener para su país cuatro años más de insistencia en políticas que, como las de George W. Bush y Dick Cheney, llevaron a los Estados Unidos a la recesión, al drenaje de vidas en guerras contra un terrorismo fantasmal, a la destrucción de la clase media y a pérdidas de prestigio cada vez más irrecuperables en Europa.
Los modelos que inspiraron a los candidatos demócrata y republicano fueron inequívocos. Así como la huella de Theodore Roosevelt está en los discursos de McCain, sobre los de Obama se yergue la sombra de John F. Kennedy.
En Denver Obama evocó los esfuerzos para educarlo que hizo su madre sola, asociándolos a las penurias de la mesera que vive de propinas y a las del empleado que se priva de sueño para poder estudiar.
Y se internó en una lista impresionante de propuestas: “Dejaré de dar alivio fiscal a las corporaciones que se llevan nuestros empleos a otros países y comenzaré a dárselo a las empresas que crean buenos trabajos aquí”.
Y fue más concreto que nunca en política exterior: “Voy a poner fin a esta guerra en Irak de modo responsable y completar la lucha contra Al Qaeda y los talibanes en Afganistán. Voy a reconstruir nuestras fuerzas armadas para que estén a la altura de los conflictos futuros. Pero también voy a renovar la diplomacia dura y directa que puede prevenir que Irán obtenga armas nucleares”.
El eje de la prédica de Obama —y el estribillo infaltable de todos los actos demócratas— es recordar que elegir a McCain significaría “más de lo mismo”.
“McCain ha votado con George Bush el 90% de las veces”, ha dicho con insistencia. “Al senador McCain le gusta hablar de juicio, pero ¿qué pensar de su juicio si cree que George Bush tuvo razón el 90% del tiempo?…No sé ustedes —dijo desde el estrado que le montaron en Denver, casi idéntico al de los ídolos de rock— pero yo no quiero apostar a sólo el 10% de cambio”.
Y es verdad: Bush le ha hecho un envenenado favor a su candidato al exhibirse junto a él con un entusiasmo invencible y al enviar a su esposa Laura para que acompañe a Cindy, la esposa de McCain, en todos los actos de la campaña republicana.
El descrédito del Presidente está tocando fondo. Una encuesta de CNN estableció que el 62% de los consultados creían que Bush, en comparación con sus predecesores, perdía credibilidad por un margen casi insuperable: 22% consideraba que su gestión había sido “pobre”, 14 por ciento “muy pobre” y 26 por ciento lo definió como “el peor presidente que ha tenido Estados Unidos”.
Al elegir a Theodore Roosevelt como su modelo, McCain declaró de algún modo cuáles son sus aspiraciones más profundas. Roosevelt intentó crear un imperio al controlar las antiguas colonias españolas en el Caribe, al influir para que Panamá se separara de Colombia y construyera el canal que luego dominaría Estados Unidos.
Y con la elección de Sarah Palin como compañera de fórmula, destrozó todos los argumentos que empleó sobre la inexperiencia de Obama en política internacional y en el mando ejecutivo. Palin gobierna Alaska desde hace apenas dos años. Antes sólo fue alcalde de Wasilla y, que se sepa, su único viaje internacional ha sido el cruce del estrecho de Bering, algo que quizá fascina a Bush pero no a los electores.
Pero la peor señal de McCain al elegir a Sarah Palin es demostrar la escasa importancia que concede al papel institucional del vicepresidente. El candidato republicano tiene 72 años y, aunque rebosa salud, nadie sabe qué huellas pudieron dejar en su cuerpo las torturas que padeció mientras fue prisionero de guerra en Vietnam.
Si Obama es elegido, Estados Unidos será testigo de un prodigio que parecía imposible hace apenas un siglo, cuando los antepasados africanos del probable presidente eran capturados en sus aldeas para servir como esclavos, o hace sólo 40 años, cuando no tenían derecho a compartir con los blancos los asientos en el transporte urbano, los restaurantes, los baños y mucho menos a pretender un cargo público. Nacían condenados a la discriminación y a la servidumbre.
La historia puede dar en noviembre un paso de gigante que transformará la letra ilusoria de la Declaración de la Independencia —“todos los hombres han sido creados iguales”— en una realidad viva y verdadera.
Novelista y periodista argentino.c.2008 Tomás Eloy Martínez