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ENTRE LAS MUCHAS HERENCIAS MAléficas que George Walker Bush le deja a Barack Obama, la economía en ruinas es la más evidente, pero quizá no la más ardua de superar. Como pocas veces antes, el miedo que la Casa Blanca instaló en los Estados Unidos día tras día desde el 11 de septiembre de 2001 ha servido como herramienta para controlar a los ciudadanos.
En Bowling for Columbine, el documental sobre la masacre que dos adolescentes armados provocaron en una escuela de Denver, Colorado, Michael Moore comparó los 151 homicidios anuales de Canadá con los 11.798 de los Estados Unidos y advirtió que la razón de la diferencia estaba en el miedo. Según Moore, los estadounidenses creen que el delito aumenta cuando las estadísticas indican que disminuye.
Con todo, la tasa de reclusos en las prisiones del país es la más alta del mundo: uno por ciento de los adultos. Alimentado por medios de comunicación, el país vive sumido en “la cultura del miedo”.
El miedo es una condición necesaria para el capitalismo moderno. Sin el temor a ser rechazado por no usar el dentífrico o el traje de baño correcto, el auto de moda o el celular de última generación, los seres humanos podrían vivir vidas satisfechas, pero faltarían a su función de consumidores.
No hace falta que el temor se encarne en factores reales, como los atentados contra las Torres Gemelas: Bush se valió de informes falsos para invadir Irak, pero sus estímulos a la paranoia nacional le permitieron ser reelegido.
Los estadounidenses han aprendido que desoír la Constitución y permitir la autorregulación del mercado financiero son estrategias que pueden arrastrarlos a la bancarrota. Ahora que la elección de Obama les permite recobrar el aliento, no saben cómo quitarse de encima las telarañas del miedo que se les han enredado en el alma.
La amenaza de una tragedia súbita e inesperada asoma en todas las conversaciones. La amenaza de una pesadilla circula como un torrente venenoso por blogs y celulares. Acaban de aprender la lección de la esperanza y no se resignan a que un mal viento se la arrebate pronto.
Los magnicidios han dejado cicatrices perdurables en la historia del país, desde Abraham Lincoln en 1865 hasta John F. Kennedy en 1963, y todos se aterran ante la idea de que Obama se convierta en otra promesa segada antes de tiempo. Cuando Martin Luther King y Robert Kennedy fueron asesinados con dos meses de diferencia, en 1968, Obama tenía seis años.
Acaso esa memoria, que marcó a toda una generación, hizo que le resultara natural ser el primero de los aspirantes protegido en las primarias por una custodia de magnitud presidencial. Una docena de agentes del Servicio Secreto, el mismo número asignado a Bush, lo siguió a lo largo de la campaña.
“Ojalá viviéramos en un país donde la raza no fuera un problema”, dijo el senador Dick Durbin, de la comisión que autorizó la seguridad, “pero que se trate de un afroamericano aumenta su vulnerabilidad”.
El FBI analizó más de 500 amenazas de muerte contra Obama —100 de ellas de carácter racista— y en dos ocasiones hubo detenciones. Desde que se convirtió en presidente electo, su casa se ha vuelto inaccesible: calles cerradas, cabinas de control, barreras contra ataques suicidas.
Como escribió Elias Canetti al final de su clásico Masa y poder: “Detrás de cada paranoia, como detrás de cada poder, se halla el mismo deseo de barrer a los otros del camino, para ser el único”.
El miedo a que Obama sea un nuevo Kennedy se suma a las comparaciones con el ex presidente asesinado que tanto seducen a la prensa. Ambos son senadores jóvenes y brillantes, los dos representan minorías influyentes: católico uno, afroamericano el otro; hasta sus bellas y elegantes esposas acentúan las semejanzas.
Más significativas aún son las coincidencias en la elección de sus compañeros de fórmula: Lyndon B. Johnson, el vicepresidente de John F. Kennedy, era un político experimentado, jefe de la mayoría demócrata del Senado; Joe Biden, quien lleva 36 años en esa cámara, ve a Johnson como uno de sus modelos.
Leí en el New Yorker que Biden se resistió a secundar a Obama hasta que éste le prometió formalmente que le permitiría ayudarlo a gobernar: “Si me necesitas sólo para que te ayude a ganar la presidencia, puedo hacerlo de otro modo. No quiero estar al margen de las grandes decisiones”.
Cuando aceptó la nominación del Partido Demócrata, en 1960, Kennedy lanzó en su discurso una consigna que se convirtió en la marca de su breve mandato: la Nueva Frontera.
En el Coliseo de Los Ángeles dijo Kennedy: “Estamos al borde de una nueva frontera, la frontera de las esperanzas y los sueños por cumplirse. Más allá de esa frontera se hallan las tierras inexploradas de la ciencia y el espacio, los conflictos irresueltos de la guerra y la paz, los problemas pendientes de la ignorancia y el prejuicio, las preguntas sin respuesta de la pobreza y la abundancia”.
Y pidió que votara por él “la gente sin seguro de salud, las familias sin un hogar decente, los padres de niños mal alimentados y sin escuelas. Todos ellos saben que ha llegado el tiempo del cambio”.
Obama repitió esa letanía.
El nuevo presidente se ha dado cuenta al instante de la vastedad de la tarea y, para que sus acciones de gobierno sean más ágiles, ha identificado 200 decisiones del presidente actual que deben desactivarse, por inconstitucionales o por desastrosas.
Aunque él y Bush disienten en temas medulares como la guerra en Irak, el cierre de la prisión de Guantánamo, la crisis energética, la investigación de células madres o la inmigración, esos actos no atenúan la urgencia del mandato central que ha recibido. Lo que sus votantes reclaman es que detenga cuanto antes la velocidad con que se empobrecen los habitantes de un país que siempre se jactó de ser tierra de oportunidades.
A casi medio siglo del discurso de Kennedy los sueños de otras generaciones han sido desgarrados por las políticas neoliberales y la globalización. Obama cree que puede torcer ese destino. “Tal vez no lleguemos en un año ni en un solo mandato”, dijo al anunciar su triunfo. “Sin embargo, nunca tuve, como esta noche, tanta esperanza”.
Kennedy no imaginó que el odio y la intolerancia crean nuevas e imprevistas fronteras en la historia de la especie humana.
*Novelista y periodista argentino.