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Los socialdemócratas tienen fama de tibios por una buena razón: tras el triunfo de las reformas neoliberales en los 80, se convirtieron en administradores moderados de dichas reformas y poco más.
Pero entre los 30 y 80 del siglo pasado, los socialdemócratas suecos sí aspiraron a crear una sociedad radicalmente igualitaria y libre. No se contentaron con hacer más pasables los peores aspectos del capitalismo, sino que fueron por mucho más.
Les doy varios ejemplos.
Los suecos adoptaron la política de “salarios solidarios” para promover la igualdad de ingresos en el país. Esto limitó los sueldos en los sectores más rentables, y los aumentó en los menos productivos.
“¡Qué absurdo! ¡Eso desestimularía a los trabajadores más cualificados!”, podría decir un panelista de Blu Radio.
Pero los suecos no solo lograron que los más pobres subieran sus salarios, sino que aumentaron la competitividad del país. Con esta política, los capitalistas prefirieron invertir en los sectores más productivos, creando más empleos allí que en los de bajo rendimiento y aumentando el bienestar de todos.
Esto fue posible gracias a la solidaridad de los sindicatos suecos. Más del 85 % de los trabajadores suecos estaban sindicalizados y respaldaban esta medida libremente. (De solo pensar en una cifra tan alta de sindicalización en Colombia, el alto empresariado local entraría en crisis nerviosa).
Los gobiernos socialdemócratas intervenían para ayudar a los trabajadores más vulnerables que quedaban desempleados: los reentrenaban, les ofrecían mudarse a otra ciudad con más empleo, o los contrataban en el sector público. El resultado fue la erradicación de la pobreza, el mantenimiento del pleno empleo y la libertad de quienes antes estaban totalmente sometidos a los rigores del mercado.
El plan Meidner, en los años 70, fue mucho más allá. Su propósito fue el de transferir pacíficamente la propiedad de los medios de producción de los capitalistas a los trabajadores. La derecha sueca lanzó una ofensiva contra esta propuesta, y gracias a la prensa convenció a los votantes de que era una mala idea. (Se pregunta uno qué hubiera hecho Estados Unidos contra Suecia en caso de que los socialdemócratas hubiesen ganado la partida. ¿Un plan Cóndor para Escandinavia?).
Igualdad salarial, pleno empleo y propiedad de los medios de producción en menos de los trabajadores.
Eso no me suena a tímidas reformas, sino a un intento genuino y radical de crear una mejor sociedad mediante la razón, la igualdad, la democracia y la libertad.
¡Además lo consiguieron!
Y eso que no alcancé a hablar de la salud universal, de la educación pública de calidad, de la construcción de un millón de viviendas sociales en una década, entre otros logros que tuvieron. (Si Colombia quisiera repetir una hazaña como la del millón de viviendas, tendría que construir unas cinco millones de VIS en diez años).
Los socialdemócratas suecos no lo lograron sin “polarización”, eso sí. Las oligarquías de su país se opusieron con uñas y dientes a sus propuestas. Difamaron, atacaron y amenazaron a los líderes socialdemócratas en todas partes. Solo la organización y la solidaridad de los trabajadores consiguieron que los socialistas pudiesen alcanzar sus objetivos.
Aún hoy, pese a la incesante presión del neoliberalismo, los suecos conservan buena parte de su Estado de bienestar. La suya es una de las izquierdas más exitosas, aunque se haya vuelto tibia.