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PASÓ EL 11 DE SEPTIEMBRE Y MUY POcas instituciones de la sociedad rememoraron que hace treinta y cinco años Salvador Allende concluía su batalla por la democracia en América Latina.
El grotesco espectáculo del bombardeo a la Casa de la Moneda por la aviación militar chilena dejó un sentimiento de frustración en aquella generación que había alimentado la esperanza de hacer la revolución dentro de la democracia constitucional. La Unidad Popular –coalición de izquierdas– había logrado, por primera vez en la historia, acceder al poder mediante el voto popular, no sólo para “cambiar un presidente” sino para construir una sociedad socialista.
Detrás de aquel sueño liderado por Allende latía una fe ciega en la democracia como procedimiento de adopción de decisiones colectivas. La convicción de que algunos ideales de orden social, justo, distintos al capitalismo caben dentro de la estructura institucional democrática y que ésta garantiza un grado de pluralismo tal, que ningún contenido económico está vetado dentro de ella. Tal vez nadie en nuestras latitudes haya creído tanto en la democracia como Allende. Se cuenta que alguna vez Allende llamó telefónicamente a un amigo y se identificó como “Juan Jacobo Rousseau”.
La izquierda más radical criticó a Salvador Allende la ingenuidad de utilizar la vía democrática para dar el viraje del capitalismo salvaje al socialismo. Pero se trataba de un socialismo que, sin abolir la libertad de mercado, ponía límites al poder omnímodo de los monopolios, al predominio del gran capital internacional (especialmente en las telecomunicaciones, la banca y el cobre) y a la injusta distribución de la tierra. Lo que hace más meritorio este experimento es que, no obstante la dura oposición a los trascendentales cambios que proponía, el Gobierno de la Unidad Popular no socavó la estructura constitucional pluralista ni alteró la separación de poderes para consolidar una monocracia.
Al no disponer de una mayoría absoluta en el Congreso y ante la resistencia de tribunales cuya visión jurídica conservadora podía frenar las medidas audaces de nacionalización de empresas y tierras, Allende prefirió negociarlas —incluida la reforma constitucional— con fuerzas opositoras como la Democracia Cristiana. Lástima que, como lo ha señalado Luis Corbalán, cierto sectarismo impidió fructificar los consensos.
El intento de fusionar democracia y socialismo tenía un antecedente: en Checoslovaquia, durante la Primavera de Praga, un grupo de intelectuales (entre ellos el dramaturgo Vaclav Havel), liderados por el primer ministro Alexander Dubcek, quisieron construir una institucionalidad democrática y liberal sobre la base de la economía socialista consolidada. Se habló del “socialismo con rostro humano” por oposición al totalitario. Este experimento fue abortado el 20 de agosto de 1968 por las tropas soviéticas y de nada valieron las pacíficas protestas estudiantiles. Otra efeméride que nadie celebra.
El justo sentimiento que llevó a recordar las víctimas del terrorismo de 2001 no debió opacar la memoria de estos otros soñadores que, como Allende (y los intelectuales checoslovacos), intentaron fusionar los dos grandes ideales contemporáneos: democracia y justicia social. Qué bueno volver a escuchar al grupo Inti Ilimani que hoy sigue activo, cuyas canciones de textos panfletarios cantaron hermosamente esa pacífica revolución.