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EL X FESTIVAL CORAL DE MEDE-llín «José María Bravo Márquez», a celebrarse entre el 29 de junio y el 2 de julio venideros, regalará el placer de escuchar una treintena de coros, procedentes de varias naciones y regiones colombianas.
Con recitales gratuitos y sin competición entre los participantes, esta fiesta de las mil voces tendrá como invitado especial a Opus 4, legendario ensamble vocal argentino que hizo inolvidables ciertas versiones de música folclórica. También vendrán la Coral Metropolitana de San Juan de Puerto Rico, el Ensamble Vocal Femenino de la Universidad del Táchira, el coro Voces Oscuras, también de Venezuela, y el Grupo Vocal de Cámara Preludio de Bogotá.
Este tipo de eventos no se ofrece como un privilegio de minorías “selectas” o de gente aburrida, desprogramada (casi siempre las minorías selectas lo son). Todo coro —excepto cuando sólo busca exhibir virtuosismo autocomplaciente y rebuscados refinamientos (formas de exclusión)— es capaz de deleitar con intensidad a cualquier persona, aún a quien carece de formación musical y prefiere la música popular como divertimento sabroso (bailar salsa, oír boleros románticos, gozar del rock pesado).
Pero una agrupación coral, además de socializar la necesidad fundamental de cantar (en nuestra filogénesis la voz cantada precedió al lenguaje articulado), es un maravilloso instrumento para reforzar valores éticos y armonía social. El coro educa placenteramente a cada uno de sus integrantes en el fino equilibrio entre individualidad y colectivo; le exige aportar lo mejor de su voz y, simultáneamente, diluirla para acoplarla al conjunto. Cantar grupalmente genera fuertes lazos de solidaridad entre los cantores. La catarsis natural de cantar se potencia sin sobrecosto alguno al hacerse colectiva. Los antiguos hebreos y griegos comprendieron la virtud socializadora del coro y por ello lo fusionaron con sus dos más intensos y cotidianos goces: los primeros a la alabanza de Dios (55 salmos hacen referencia al maestro del coro), y los segundos al teatro.
La conmovedora película Los coristas (Francia, 2004) muestra el poder mágico de un coro en la reivindicación de niños y adolescentes “problema”, sometidos a tratamiento correccional. Los músicos románticos decimonónicos, devotos de esa utopía de armonía social, soñaron ensambles de hasta ochocientas voces. Hoy soñarían con entrelazar seis mil ochocientos millones de voces humanas en un gran coro planetario, y desactivar así los impulsos pugnaces de los habitantes de la Tierra.
Integrar un coro infantil moldea el gusto estético, familiariza con la magia de la polifonía y sensibiliza en la apreciación de los matices musicales. Excelente blindaje contra la ordinariez de las vulgares baratijas musicales en boga. Y lo logra sin recurrir a tediosas e inútiles sesiones escolares de teoría musical. Aún para la formación del cantante popular de calidad, un coro aporta técnica y refinamiento interpretativo. Sin el rigor formativo del coro góspel al que perteneció de niña, Whitney Houston no hubiera alcanzado tan excelsa voz. Toda comunidad —guardería, fábrica, facultad, iglesia, unidad residencial— debería tener su ensamble vocal.