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ESTE FIN DE SEMANA LA MÚSICA ANdina colombiana de raíz folclórica tendrá otra nueva muestra: el concurso “Antioquia le canta a Colombia”, en Santa Fe de Antioquia, ahora con la dirección ejecutiva del compositor John Jairo Torres de la Pava.
Este evento completa el cuadro de una veintena de certámenes musicales, organizados desde algunas regiones y celebrados en ignotas poblaciones —por ejemplo, en la vallecaucana Ginebra el festival “Mono Núñez”—, en los que año tras año reviven las tradiciones sonoras de la zona central de Colombia.
¿Qué significan los festivales de música andina para la divulgación, continuidad y enriquecimiento de esta vertiente artística? Ellos han dado acento a la vertiente cultivada y refinada de nuestras expresiones culturales, permitiendo que aires hoy poco comerciales —como el bambuco, el pasillo lento y rápido, la guabina y la danza— resuenen con acordes y arreglos innovadores. Cada vez más el nuevo formato de estos certámenes los aleja de aquellos jolgorios báquicos en los que la música era un simple telón de fondo para destempladas conversaciones. Cada vez más los inunda un ambiente de sobriedad emotiva, propia de recitales ejecutados por virtuosos de conservatorio.
Asiste a estos certámenes un público autoseleccionado por su fidelidad al buen gusto y su desprecio hacia la vulgaridad de aquella otra música radiodifundida de manera profusa. Para quienes los disfrutan en vivo o los siguen por televisión —los canales culturales y los regionales transmiten algunos—, la música, más que divertimento de los sentidos y alimento de pasiones elementales, es seducción del intelecto y elevamiento del espíritu.
Pero, precisamente, por esta tendencia hacia la exquisitez, tales festivales muestran su punto vulnerable: excluyen de sus escenarios aquel cancionero popular cuyo sabor bohemio, sentimental y parrandero dio vida cotidiana y aseguró vigencia a nuestras expresiones culturales. Al privilegiar un repertorio de obras de alta complejidad y arreglos sofisticados, estas fiestas se tornan inaccesibles a grupos de diversas edades y estratos culturales que todavía quieren gozar con el vehículo de comunicación sentimental de sus ancestros. La música pierde entonces su intimidad con la vida.
Si se matizara nuestras canciones con algunos acordes disonantes de paso y discretos tintes jazzísticos, la ganancia será incluyente, la innovación enriquecedora. Pero la pretensión de fusionar bambucos con jazz y bosanova —sólo porque estos aires están en boga y dan estatus en círculos cultos—, no pasa de ser una moda que socava la continuidad musical colombiana. De otra parte, cada festival debería reservar un escenario especial para mostrar expresiones y talentos regionales, además de repetir abundantes oportunidades y estímulos a talentos ya reconocidos.
Es de esperar también un mayor estímulo a la composición de bambucos modernos, cadenciosos y originales, como antídoto al atractivo decadente de ciertos valses arrancherados o ecuatorianizados, atiborrados de moralejas sentimentales. Porque Rafael Pombo, el mismo que sigue enseñando con edificantes fábulas infantiles, decía: “Para conjurar el tedio / de este vivir tan maluco / Dios me depare un bambuco / y al punto santo remedio./ (…) / Hay en él más poesía / riqueza, verdad, ternura / que en mucha docta obertura / y mística sinfonía”.