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HACE TREINTA AÑOS LA MÚSICA campesina del interior —Boyacá, Cundinamarca y Santanderes— experimentó una revitalización inesperada.
Al lanzar su primer trabajo el grupo vocal-instrumental Los Carrangueros de Ráquira, liderados por Jorge Velosa Ruiz, le devolvió vigencia como expresión estética valiosa, aportándole nuevas sonoridades y temática actual, sin alterar su esencia popular. ¿Quién, que en 1981 fuera ya niño, no guarda en su grata memoria las alegres notas de La Cucharita, Julia Julia, La china que yo tenía, La Coscojina? ¿Quién no se sorprendió de ver en televisión, al lado de melenudos roqueros y engominados cantantes disco, a cuatro jóvenes de ruana y sombrerito, ejecutando requinto, tiple, guacharaca, guitarra y harmónica?
Era un ensayo de recuperación, pero no académica —ni tiesa, ni muestra turística—, sino gozosa y vívida, de una tradición musical, condenada entonces a desaparecer de los medios de comunicación. Aunque nadie lo imaginaba, esa expresión tan campesina, vertida ahora en nuevos odres, tomó la fuerza de una corriente expansiva, llegó hasta el Madison Square Garden de New York, templo de la música del mundo. Había nacido la era carranguera y el neologismo “carranga” nombraría no sólo un género musical, tradicional y al mismo tiempo renovado, sino que cobijaría todo un movimiento folclórico: música bailable y romántica, coplería, tradición oral, rondas infantiles, danza y hasta vestimenta.
El valor cultural de este género ha sido reconocido por refinados festivales de música colombiana: el del Mono Núñez incluye al merengue y la rumba carrangueros como aires dignos de interpretarse por los concursantes en tan excelso evento. La vitalidad de esta propuesta se aprecia en el florecimiento de cientos de grupos cultores de esta expresión folclórica en todo el país, llegando hasta regiones tales como El Tarra (cerca de Venezuela), el Tolima, el Huila y Antioquia.
Con poético lenguaje de la tierra, lleno de humor inteligente y picante, las letras de esta música han pintado —cual tratado de etnología— los dramas cotidianos; la vida del vendedor de feria (El Saseño), el joven recluta desarraigado (Soy soldado de la patria), las triquiñuelas de nuestra tramposa legalidad (El tinterillo mañoso), la tragedia campesina por la muerte de su vaca preferida (La Pirinola), la nostálgica salida del mercado de cosas derogadas por el “progreso” (El caramelito rojo), la boda tardía de la pareja sin recursos (Por fin se van a casar), la realidad de nuestra niñez (Dónde estarán tan tan) y otros temas de actualidad.
Como resonancia de actitudes de fraternidad, solidaridad, laboriosidad y humildad todavía presentes en comunidades rurales y pueblerinas, estas melodías traen un mensaje constructivo, como alternativa a los estereotipos matones, soberbios y machistas de otras músicas muy divulgadas. Ofrecen también otra opción ante la ordinariez de ciertas tendencias en la “música de carrillera” o del llamado “género popular”. Alegra el que las tonadas infantiles carrangueras (Rumba de los animales, La gallina saraviada, Dónde estarán tan tan) sirvan hoy como ayudas didácticas de estética (y de ética) en nuestras escuelas.