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Lo que nos iguala y nos desiguala

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MÁS ALLÁ DE LA CANÓNICA CONSTItucional igualitaria, hay pequeñas y grandes cosas que nos igualan o nos desigualan en la vida cotidiana y de las cuales aquella no siempre da cuenta.

Estamos igualados cuando las ciudades garantizan a sus habitantes del estrato 1 consumir agua potable de idéntica calidad a la que beben los del estrato 6, y aquellos tienen subsidiado el 70% del costo de los primeros 20 metros cúbicos al mes. Nos iguala la existencia del metro como medio de transporte, utilizado tanto por el jornalero como por el magistrado y el gerente.

Nos iguala la tecnología que, acompañada de sana competencia, logra abaratar los costos de los artilugios electrónicos (desde neveras hasta teléfonos móviles), lo cual facilita adquirirlos a casi todos los estratos económicos. Nos iguala la existencia de deslumbrantes bibliotecas en las comunas populares de ciertas ciudades, pródigas en servicios de consulta, incluido el acceso al computador y a la Internet durante diez horas al día.

Nos desiguala el reverencial e innecesario calificativo de “doctor(a)”, como expresión de reconocimiento de jerarquías económicas y sociales o para adular a mandamases (jefes, profesores, amas de casa). En España, en cambio, desterrado el “doctor” aún en los rituales académicos, el título de Don o Doña tiene extraordinario efecto igualador.

Desiguala la diferenciación impuesta a las personas que ingresan a ciertos lugares públicos: minuciosas requisas corporales a los peatones y exención de ellas a quienes ingresan en vehículos. Nos desiguala la exigencia de la fotografía en hojas de vida para seleccionar a empleados públicos o privados, porque funciona como filtro discriminatorio. Salvo oficios en los que la apariencia física es elemento relevante, la selección debería estar protegida por un “velo de ignorancia” respecto a la raza, la belleza exterior, la estatura, incluso el género (ventajas impertinentes que, miradas con el rabillo del ojo, terminan decidiendo). 

Desiguala que el costo de matrículas de posgrado en las universidades oficiales se fije con los mismos patrones de las privadas, como si la formación de posgrado no fuera hoy peldaño clave de profesionalización y como si el Estado social no tuviera que cumplir su papel igualador también en este nivel. Muestra de desigualdad es la distinción entre quienes siguen comprando en el centro de la ciudad y los que ni siquiera conocen este espacio porque todo lo adquieren en centros comerciales. También la pregunta “¿dónde vives?” envuelve a veces suspicacia selectiva, test de ubicación socio-económica y cultural. Y ni qué decir de la terrible indagación ¿de qué universidad egresaste?

Hay desigualdades de género atrincheradas en generalizaciones arbitrarias: la supuesta imposibilidad de la mujer para estacionar en reversa (inhabilidad geométrica); y detrás de expresiones tales como “vieja tenía que ser”. Las hay respecto de profesiones: “taxista tenía que ser”, “música para planchar”. Nos desiguala el que se recrimine a la empleada doméstica su exigencia de trato digno con el mote de “mucha igualada”; que en ciertos avisos todavía se lea la admonición educativa: “No sea indio, respete la fila”; y que se siga denominando “malicia indígena” lo que es pura inteligencia humana aplicada a situaciones específicas.

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