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Tiempo de diálogos interculturales

Tulio Elí Chinchilla
12 de noviembre de 2008 – 08:48 p. m.

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LA VICTORIA DEL DISCURSO OBAMA, con su visión liberal, abierta y pluralista, abre la posibilidad de reanudar los diálogos entre la cultura Occidental y otras “civilizaciones” —como la Islámica—, tan vapuleadas durante estos años recientes.

Renace la esperanza de hallar puntos de encuentro entre cosmovisiones que, aunque diferentes, no necesariamente deben chocar entre sí.

No se espera de Obama una conversión ideológica o la súbita abdicación de sus convicciones democráticas, capitalistas y de su fe cristiana, dogmas anclados en la sociedad estadounidense. Tampoco cabe pedirle que atenúe su énfasis en el papel de los Estados Unidos como potencia líder, rectora del mundo. El cambio radica en que Obama ha planteado la prevalencia universal de tales valores, no mediante la conquista armada sino por la fuerza moral que de la “superioridad” de ellos se deriva. Un relativismo puro y duro —propio de académicos— criticaría la simplista creencia en tal superioridad moral, pero no podría negar que asistimos a un cambio relevante y digno de celebrar.

Quedó explícito en el discurso triunfal de Chicago: una fe profunda en los postulados liberales de “América” y en el poder moral de subyugación o seducción que de ellos dimana para todas las naciones. Seducción que necesariamente pasa por un acercamiento amistoso a “todos los pueblos de Dios”, como una moderna y “civilizada” pretensión de expansión cultural. Hegemonía ideológica, no dominación, dirían algunos en lenguaje gramsciano, aunque el marxismo de aldea no vería ninguna diferencia.

Un diálogo entre culturas comienza por identificar puntos comunes que las acercan, probablemente más de los que una visión prejuiciosa permite ver. Así, por repelente que parezca la acentuada dimensión religiosa en la vida cotidiana e institucional de las sociedades islámicas, nadie negará los valores solidarios, fraternales y  compasivos que tal cosmovisión alberga y que dan sustento a su concepción de la dignidad humana y la armonía social. Igualmente, aunque repudiable la exclusión de la mujer de ciertos ámbitos de la vida pública iraní, es rescatable el respeto que hacia aquella impone la proscripción de toda utilización mercantil y sexista del cuero humano.

Majid Majidi en dos películas (Niños del Cielo y El color del Paraíso) ha mostrado, con tintes enternecedores, cuánto podríamos aprender de los valores de otras culturas, sin tener que renunciar a nuestros axiomas éticos pluralistas. Lo único que se exige es superar la pretensión medieval de los credos mahometano y católico de imponer la fe por la fuerza, y su versión contemporánea: Occidente y su “misión civilizadora”, tan criticada por Costas Douzinas.

Aunque Obama haya calificado a la República Islámica de Irán como “país descarriado” (por su utilización de la energía nuclear), se advierte ya una nueva postura del Imperio. Tal vez ella traduzca aquel ideal de hegemonía cultural con que soñaba el protagonista de Esperando a los bárbaros, de Coetzee: “…cuando los bárbaros prueben el pan, el pan tierno con mermelada de mora, el pan con mermelada de grosella, nuestras costumbres los conquistarán. Descubrirán que son incapaces de vivir sin las industrias de hombres que saben cómo cultivar los pacíficos cereales, sin las artes de mujeres que saben cómo utilizar las delicadas frutas”.

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