Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
“I WANT IT ALL”, CANCIÓN ROQUERA de Queen (1986), al margen de su texto un poco insulso, resume en su título (y estribillo) una de las obsesiones del individuo de nuestro tiempo: quererlo todo, aquí y ahora.
Actitud que traduce la idea de un sujeto humano todopoderoso, imagen y semejanza del niño malcriado, que por obra y gracia de la portentosa tecnología cree poder eliminar todo límite, especialmente la barrera del tiempo (variable t) en sus acciones y propósitos cotidianos.
Prueba de ello es el desespero que nos causan los treinta segundos que tarda la rutina de entrada del computador al menú principal, la impaciencia por los diez segundos que demora conectarnos con otra persona a la que llamamos por el celular, el abatimiento al no encontrar en una sola búsqueda de internet toda la información que necesitamos, el tedio de esperar los tres minutos que se toma grabar una melodía desde el disco duro al CD, la desazón por no encontrar suficiente entretención en los ochenta y cinco canales que nos ofrece el servicio de televisión por cable, la intolerancia con que reaccionamos cuando el conductor de adelante se demora más de dos segundos en arrancar después del cambio de semáforo, la rabia por no encontrar a mano el control del televisor o del equipo.
La conquista tecnológica —verdadero salto cualitativo en el progreso humano— nos catapulta a estadios superiores que dan la posibilidad real de aliviar muchas cargas tediosas y abolir ciertos sufrimientos que atormentan a las personas. Los viajes de meses entre una y otra ciudad, las largas horas de espera mientras la operadora telefónica lograba comunicarnos a larga distancia en una cabina, los minutos necesarios para que el radio o el televisor de tubos “calentaran”, son cosas del pasado. Pero a cambio ha venido surgiendo una nueva fuente de ansiedad y desazón en quienes creyendo tener derecho a todo, aquí y ahora, no aceptan interposiciones ni mediaciones —ni siquiera de tiempo— entre su deseo subjetivo y el objeto de la volición. Tal vez hasta hemos olvidado que hace sólo cuarenta años dos canales televisivos bastaban para dar felicidad a la gente.
La eliminación del factor tiempo ha tocado extremos fantásticos en campos tales como la competencia deportiva: batir los récords en términos de milésimas de segundo es la razón que motiva estos certámenes, aunque se trate de un tiempo imaginario que la percepción y la conciencia humanas son incapaces de captar dentro de sus límites. ¿Hasta qué punto es factible acortar esa variable t?
¿Es inevitable la tiranía de la vertiginosidad? ¿Por qué se ha tornado insoportable la vivencia subjetiva del transcurrir del tiempo? Vivir lentamente, trabajar a un ritmo más humano y menos maquinal (el propio ritmo de cada cual), el placer de la parsimonia, los métodos de lectura lenta, tomarse todo el tiempo necesario para hacer las cosas más nimias, son derechos muy humanos frente a la imposición tecnológica y frente a nosotros mismos. Al fin y al cabo, ¿qué hemos ganado con tanta celeridad en los procesos, si ella no redunda en más tiempo para nosotros, si no desacelera nuestro cotidiano vivir?