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Qué bellos fueron los tiempos cuando el espíritu navideño invadía todo nuestro entorno. Los villancicos, aroma de natilla, buñuelos y otras deliciosas viandas, que engalanaban toda la comarca, eran compartidos con toda la vecindad.
Fueron épocas de alegría y sano esparcimiento. Los lazos de la unidad familiar con las virtuosas matronas a la cabeza se fortalecían en el amor, el cariño y el respeto por nuestros semejantes. Los hogares de esas épocas no tenían cicatrices de violencia y los caminos por donde se transitaba no estaban sembrados de tumbas, calvarios y fosas comunes.
Los pesebres eran un monumento de encuentro para rezar la novena en comunidad y contar chistes entre compadres y comadres. Chicos y grandes se confundían en una sola voz de fuerza y de amor por la vida, interpretando algún instrumento musical que en forma artesanal y para la ocasión había sido fabricado por ellos mismos.
Los vocablos y frases: sicario, secuestro, extorsión, paseo millonario, fleteo, desplazamiento, reinsertado, falsos positivos, falsas desmovilizaciones, entre otros, aún no habían aparecido en los estrados judiciales. Estas problemáticas se posicionaron de nuestra sociedad en la medida en que los principios y valores, pilares fundamentales sobre los cuales se construyeron los pueblos, se fueron por los despeñaderos de la crueldad y la violencia como consecuencia de una guerra estéril, que año tras año aporta miles y miles de víctimas, dejando en el más completo desamparo, viudas, huérfanos, discapacitados, desapariciones forzadas, destrucción de infraestructuras, aniquilamiento de comunidades; con un único responsable: el narcotráfico, a través del cual se financian y nutren los grupos guerrilleros, paramilitarismo, delincuencia común y todo tipo de delitos en menor o mayor escala, siendo la corrupción el mal mayor que ha extendido sus tentáculos a toda la administración pública y empresa privada. Lamentablemente este flagelo ha permeado todas las clases sociales.
En las veredas se respiraban los idilios de la fruta fresca que se entremezclaba con los azahares que eran acariciados por la gran variedad de aves de diferentes plumajes y colores. Tanto al amanecer como al anochecer conformaban con sus trinos una hermosa orquesta melodiosa que alegraba todos los confines de nuestras vivencias. Los arroyos cristalinos buscaban su cauce para ir a trepidar en los sembradíos del agricultor, que con la fe del carbonero madrugaba con el alba a podarlos y a regarlos con el agua fresca y cristalina de sus propios predios. Las cosechas llegaban como un regalo de Dios en épocas Navideñas.
En todos los hogares urbanos y rurales, existía la pieza del peregrino, que por lo regular era el personaje trashumante de la comarca, querendón de los niños y que por su condición de caminante era mirado con compasión por sus semejantes. A donde llegaba, siempre encontraba una cama limpia y un plato de comida servida con amor y cariño.
La alborada del 24 de Diciembre era todo un espectáculo, con juegos pirotécnicos y globos. El vecino tacaño, madrugaba en la oscuridad a sacrificar el cerdo que meses atrás había comprado únicamente para satisfacer las necesidades de su familia. Para evitar que los vecinos se enteraran, le amarraba la trompa al pobre porcino con una cabuya. Pero desafortunadamente el olor a helecho sarro que utilizaba para chamuscarlo lo delataba. A los pocos minutos el patio de su casa estaba invadido por sus queridos contertulios que por iniciativa propia colocaban la sartén en el patio para freír los deliciosos chicharrones que eran servidos en hojas de plátano acompañados del infaltable patacón pisado.
Los niños se preparaban para el 24 de Diciembre, con verdadero sentido de humildad y obediencia. Debían ser sumisos y respetuosos con sus padres, hermanos y mayores, so pena de ser excluidos por el niño Dios de la lista de aguinaldos. ¿Qué nos queda de esas bellas épocas, querido lector? ¿Qué costumbres perduran? ¿Volverán esas tranquillas y majestuosas navidades llenas de alegría y de profundo fervor religioso? Muy seguramente que no volverán. Conservemos lo poco bueno que de ellas nos queda, para que en pocos años no tengamos que inclinarnos ante los monumentos navideños a contar a nuestra descendencia una bella historia que fue borrada por los espejismos de nuestra propia desgracia.
urielos@telmex.net.co